Si para morir nacimos

En lo que aparentemente todos estamos de acuerdo es en que no puede haber grupos empleando armas exclusivas del Ejército.

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Félix Cortés Camarillo 23/01/2014 01:30
Si para morir nacimos

...y traigo 50 balas

las traigo pa’ los traidores

Apolonio Aguilar, Traigo mi 45

 

No es fácil encontrar coincidencia de opiniones en torno a la situación michoacana; los mexicanos somos así, tal vez por una herencia de la terquedad ibérica: que me entierren en Madrid si muero en Sevilla y eso. Pero en Michoacán se juega la sobrevivencia de la sociedad mexicana y no exagero. El Estado mexicano se está jugando el todo por el todo en la fragmentación del federalismo, así sea a medias. Y las acciones radicales del Presidente no acaban de convencer a todos. Porque más que cerezas ha traído interrogantes.

Si la intervención federal fue tardía o es equívoca. Si el gobernador Vallejo es o no es. Si los buenos son las autodefensas o los que a ellos se oponen. Si al fin de cuentas los Templarios y las autodefensas no son sino brazos desprendidos de la Familia michoacana, que surgió para luchar contra los Zetas, que nacieron para luchar contra el cártel de no se qué.

En lo que aparentemente todos, incluyendo la Secretaría de Gobernación y el Presidente de la República, todos estamos de acuerdo, es en que no puede haber grupos armados, cuantimás usando armas del uso exclusivo del Ejército, fuera de la ley. Que el ejercicio de la represión por la fuerza es una exclusividad del Estado y que toda desviación de ese principio debe ser punida. Otra cosa es que los grupos armados accedan voluntariamente a desarmarse; es como soñar que los puesteros y vendedores ambulantes y todos los integrantes de la economía informal se van a formar mañana temprano en las oficinas del SAT para solicitar su firma electrónica y empadronarse en la lista de causantes cautivos.

Cuando evocamos al pueblo de Fuenteovejuna y el clamor de la gente porque ante la ausencia de una autoridad que haga justicia hay que tomarla en propia mano, pensamos siempre en la pieza de Lope y la muerte de Fernán Gómez de Guzmán, comendador, por tomar sin permiso y casi al mismo tiempo Ciudad Real para Juana la Beltraneja y a la joven desposada Laurencia para su cama. De ahí la deposición coral a la pregunta: “¿Quién mató al comendador?: Fuenteovejuna, señor”.

Hay un pequeño detalle en el que poco reparamos. Los centenares, miles, decenas de miles de hombres armados —algunas mujeres, también— que por el país deambulan, pistola al cinto, metralleta al hombro, obús en camioneta y granada en fornitura, ¿son también Fuenteovejuna? Después de todo, los llamados guaruras protegen a altos funcionarios de un gobierno que es incapaz de impedir que al secretario del Trabajo le hurten en asalto un lujoso reloj de pulso en frecuentado centro comercial. O vigilan a las familias de la gente pudiente que no confía en las policías regulares. O montan guardia en oficinas y residencias de quienes no se sienten protegidos por la justicia nominal.

Los cuerpos de autodefensa no se inventaron en Michoacán. Existen desde hace decenios en Lomas de Chapultepec, en Santa Fe, en Chipinque o San Pedro en Nuevo León, en La Laguna, en Jalisco, en Veracruz, Tamaulipas, Chihuahua, Sonora o Guerrero. Y están armados. Y sustituyen a las fuerzas del orden, que han demostrado estar tan corruptas o tan incapaces para ejercer las funciones para las que fueron creadas y por lo que son pagadas.

¿Quién dijo miedo, muchachos?

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