Con una pena de muerte

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Félix Cortés Camarillo 21/01/2014 01:09
Con una pena de muerte

Antes de escribir una letra que pudiera despertar rechazos gratuitos, déjenme poner en claro dos cosas. Primero, que estoy rotundamente en contra de la pena de muerte, fundamentalmente porque su aplicación equivocada —siempre posible— tiene consecuencias irreversibles. Segundo, que toda muerte humana me duele y la hago mía porque muere siempre alguien de mi especie. Ahora:

Si no sucede lo que los cursis llaman un milagro, mañana miércoles en la ciudad texana de Huntsville será ejecutado por medio de una inyección letal Édgar Tamayo Arias, condenado a la pena capital por haber asesinado hace 20 años a un policía que lo había detenido. Tamayo Arias no puede ni lo ha hecho alegar inocencia. Lo único que se puede abonar en su favor es su condición de pobre morelense, hijo de una familia descompuesta y cuya temprana adicción a los inhalantes y otras drogas influyó indudablemente en su escasa educación y bajo coeficiente intelectual.

Pero me asombra de sobremanera la capacidad de los mexicanos para caer en trances de solidaridad ciega, intensa, viral, agresiva e irreflexiva cuando algún connacional delinque en el extranjero, es capturado, juzgado de acuerdo con las leyes del país huésped y condenado a la pena de muerte. Hay tres jóvenes sinaloenses en Malasia esperando que su sentencia de muerte, en lugar de ser ejecutada, se conmute por algo menos severo. Estos tres muchachos andaban en el negocio de la producción, el tráfico y el comercio de drogas que están prohibidas en México, en Malasia y prácticamente en todo el mundo y tampoco son inocentes.

Individuos, organizaciones civiles, autoridades de todo rango, medios, comunicadores,  comisiones—claro— de defensa de derechos humanos, se rasgan las vestiduras ante la falta de sensibilidad del asqueroso gobernador de Texas, Rick Perry, no le perdona la sentencia de muerte a Tamayo Arias. Hasta la Secretaría de Relaciones Exteriores movió a su departamento jurídico para bloquear la ejecución. Algo tiene en su conciencia esa dependencia: uno de los argumentos para que Tamayo no muera es que no se le dio asistencia consular de su país durante el juicio.  Que no fue sometido, para usar una terminología que justamente hace un año nos enseñaron a los mexicanos, no fue sometido a un debido proceso.

Ojalá se produzca el milagro y Tamayo siga vivo, las buenas conciencias estarán satisfechas. Me estruja el corazón el admirable ánimo compasivo de mis paisanos. Qué bueno que ahora, si cometo algún delito en el extranjero, el cónsul mexicano más cercano me va a dar asistencia. Qué bueno que si asesino y violo o trafico con drogas y me agarran y condenan a muerte el fervor patrio se empeñará en que me guarden el resto de mis días en una celda de cuatro por dos. Reconforta tanta solidaridad humana y noble sentimiento.

Pero me pregunto qué fibra sentimental se mueve día con día por la enorme cantidad de presos mexicanos en cárceles mexicanas que siguen siendo sujetos, todos los días, a procesos amañados. Que son juzgados con base en declaraciones de los testigos protegidos, delincuentes a la compra del mejor postor o perseguidos a partir de confesiones arrancadas con tortura.

Me pregunto quién se rasga las vestiduras por los mexicanos indígenas, que no hablan la castilla y están en la cárcel por delitos que no cometieron escuchando acusaciones y pruebas que no entienden.

¿Y los acusados pobres que no tienen dinero para alquilar un abogado hábil y capaz, y cuyo destino —culpables o inocentes— depende de la capacidad dudosa de los defensores de oficio?

¿Acaso es necesario llamarse Florence y apellidarse Cassez, o delinquir gravemente en tierra ajena para que se descubran los procesos indebidos?

En este país hay muchos casos que requieren plañideras.

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