Oye, te digo en secreto

François Hollande, enfrentado ayer por dos centenares de periodistas sobre la agenda económica de su gobierno, se encontró con que la única cosa que interesa a la opinión pública de su país son las relaciones extramaritales que mantiene desde hace tiempo con una actriz.

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Félix Cortés Camarillo 15/01/2014 01:45
Oye, te digo en secreto

Se atribuye al general De Gaulle el dicho aquel sobre la dificultad de gobernar un país que tiene más de 200 variedades de quesos. Debe haber sido suya también la ocurrencia sobre la imposibilidad de conservar, en París, algo en secreto. El presidente François Hollande, enfrentado ayer por dos centenares de periodistas sobre la agenda económica de su gobierno, se encontró con que la única cosa que interesa a la opinión pública de su país son las relaciones extramaritales que mantiene desde hace tiempo con una actriz, Julie Gayet, de quien lo menos que se dice es que tiene amigos raros ligados al narcotráfico.

¿De cuando acá las relaciones personales son objeto de interés público? Sólo al populacho raso le interesaban los detalles de los amoríos de Gustavo Díaz Ordaz con La Tigresa, Irma Serrano, incluyendo sus destempladas serenatas en Los Pinos y la concesión exclusiva otorgada a la actriz —luego senadora de la República— para importar la materia esencial para la producción de la aspirina, fundamento de su fortuna dilapidada en joyas. Nosotros somos así: por si la mala fama pública de Luis Echeverría no fuera suficiente, el hecho de que nunca se le conociera alguna relación extramarital era un motivo más para el repudio popular. Los machos somos en proporción directa a las amantes que podamos tener. O mantener. Bill Clinton no cayó de la gracia de sus seguidores puritanos por refocilarse con la señorita Lewinsky en los entretelones del Salón Oval de la Casa Blanca, sino por haber mentido sobre su concupiscencia. La figura de José López Portillo se magnificaba cada vez que en su haber, ficticio o certificado, se podía anotar una dama más.

Los tiempos actuales, en que presumimos de nuestras conquistas, automóviles, sitios de recreo o fortuna, son para beneficiar a los maleantes dedicados al secuestro y la extorsión; de paso, para privar a los papparazzi de su materia prima, tan trabajosamente obtenida. Valérie Trierweiler, a la sazón primera dama de Francia, se encuentra en el hospital atendiéndose de la depresión que las publicaciones de la prensa amarillista le han causado; ya se sabe que en esto de las cornamentas el último en enterarse es la primera víctima.

Uno quisiera que nuestros hombres públicos —y mujeres, ¿por qué no?— fuesen exhibidos en maromas de índole pecaminosa con más frecuencia y detalle. Demasiada pulcritud en la conducta personal es sospechosa. Especialmente si, como escribe García Márquez, lo único que no existe es el secreto. Y, después de todo, ¿a quién le interesa quién se acuesta con quién si son políticos o actrices, famosos o anónimos pobres? Cada quien en su casa, decía mi abuela, y Dios en la de todos. Que los gobernantes gobiernen bien es su responsabilidad; el tema de sus ropas íntimas debe quedar precisamente así, en la intimidad.

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