Princesita

Yo aprendí, a través de los retratos de los reales, que el asunto aquel de la sangre azul hacía aguas por dondequiera que uno le viese.

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Félix Cortés Camarillo 08/01/2014 00:47
Princesita

Cuando uno se asoma por primera vez a la pintura y comienza a ir a los museos a su alcance —a veces a pie, otras en los libros o las cajitas de cerillos Clásicos de La Central—, la primera gran enseñanza es que los reyes y príncipes y reinas de los tiempos pasados eran unos adefesios. El retrato de Felipe El Hermoso nos obliga a pensar en un bufón que se tomaba las libertades que le correspondían.

Yo aprendí así, a través de los retratos de los reales, que el asunto aquel de la sangre azul hacía aguas por dondequiera que uno le viese. En realidad, los paliduchos nobles de la Europa norteña que conocimos en la tradición eran unos flacuchos ejemplares a los que nunca les daba el sol, por lo que su piel pálida hacía que las venas se vieran casi por encima. Las venas azules hicieron el resto de la historia.

Luego, para preservar los territorios y todos los otros bienes en las mismas manos familiares, las bodas se armaban entre las primas y los primos; no infrecuentemente con las hermanas y eventualmente con sus progenitores (¡Borgia, mi Dios!), nunca con extraños. Esos matrimonios endogámicos tenían que provocar lo que en las especies animales se llama degenere. Solamente las cruzas con ejemplares de otra raza fortalece la propia, eso ya se sabe.

Por eso los príncipes salían en los cuadros con cara de imbéciles, aunque el retratista quisiera hacerles el favor; Rembrandt hizo un retrato de Alejandro Magno donde el muchacho es guapo, pero eso fue imaginería. Cuando los retratistas del siglo XIX intentaban pintar a alguien de las casas reales trataban de ser fieles al original. Así les iba. A los retratados.

La infanta Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad de Borbón y Grecia, no es la excepción; es una mujer alta, ancha de huesos y poco atractiva. Cuando fue a los Juegos Olímpicos de Atlanta, me dicen, se prendó de un seleccionado del equipo español de balonmano que se llama Iñaki Urdangarin. La boda fue arreglada en un tris y los dos tórtolos comenzaron a disfrutar del título nobiliario de marqueses de Palma. Para algo se es la hija de los reyes de España.

Comparten hoy mucho más que eso: por lo pronto, la infamia pública de ser señalados como delincuentes comunes, fraudulentos operadores de supuestas sociedades de beneficencia sin fines de lucro, falsificadores y evasores del fisco. La infanta Cristina puede ir 11 años a la cárcel si se le encuentra culpable, cargo que evidentemente es válido. Ella, por lo pronto, se ha adherido a la tradición española y se solidariza con su marido, por lo menos en las apariciones públicas, pese a que las autoridades de la Casa de la Corona sufran con esos desplantes. Cristina trabajó primero para la Telefónica —una pobre imitación en España del Telmex privado—, mientras que ahora la Caixa, una de las casas financieras más importantes de Iberia, le paga un pisito en Suiza para estar alejada de los reflectores.

Cristina es una pobre princesita. Le tocó la época en que los únicos que todavía sirven de algo son los de la baraja. Su padre, don Juan Carlos, se debate entre los males de su cadera rota y su prestigio desaparecido. Su país está en una crisis en la que los millones de euros defraudados por ella y su marido podrían hacer un bien enorme.

Mientras tanto, las casas reales de Europa se desmoronan en mares de vergüenzas escandalosas.

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