Porque está naciendo Dios

Los mexicanos necesitamos una estrella de Belén para cada situación. No podemos vivir sin esa lucecita allá en el cielo.

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Félix Cortés Camarillo 01/01/2014 00:00
Porque está naciendo Dios

Belén, campanas de Belén, que los ángeles tocan, qué nuevas me traéis...

Campana sobre campana, villancico español

Primero fue el famoso Momento Mexicano; luego vino la pretendida adhesión de México a las economías del BRIC (Brasil, Rusia, India y China), o de perdida al MINT (México, Indonesia, Nigeria y Turquía), para acabar en el MIKT (México, Indonesia, Corea del Sur y Turquía). Se trataba, en los medios internacionales, de vender a toda costa la imagen de un México promisorio, fértil, rico y entusiasta. Los mexicanos ya nos hemos acostumbrado a que sea en los periódicos extranjeros donde nos enteremos por dónde van a ir la economía y la política nacionales. Aunque la fuente de esas informaciones sesgadas sea de aquí.

Basta leer en el diario español El País las loas al Pacto por México, de Andrés Oppenheimer, quien se vuela la barda diciendo que ya quisieran Argentina, Venezuela o Estados Unidos (¡Sopas!) tener un instrumento así, de civilidad y de progreso, como el que ha logrado Enrique Peña Nieto en nuestro país. Todo esto se suma a los profundos artículos de la nueva tierra de oportunidades que México representa para los migrantes de España y Sudamérica, el desplazamiento de Brasil al segundo lugar en términos de brillante futuro económico o el emparejar nuestro desenvolvimiento en los próximos años a los que han logrado China y la India. En esta temporada de augurios tristes bastaría leer la prensa extranjera para reconfortarse.

Que sea para menos. Dios nace cada 24 de diciembre solamente en los villancicos. Los medios internacionales del primer mundo están reflejando las esperanzas que los capitalistas de sus países cifran en las leyes secundarias y los instrumentos efectivos de la Reforma Energética mexicana, que bien podrán abrir las puertas a sus capitales, tecnología, mercados —¿por qué no?— e injerencia. Pero de ahí a colocar a los mexicanos en el umbral de Jauja hay una distancia que, varias veces nos han prometido, vamos a recorrer en tiempo récord. La canción esa de que tenemos que acostumbrarnos a administrar nuestra riqueza, es un disco tan rayado como el villancico ese de que los pastores briagos beben y beben y vuelven a beber, que afortunadamente ya en estos días no tocan en los supermercados, seguido del de ratatapúm, ratatapúm hasta la desesperación.

Sin embargo, no se ha ido del todo la cancioncita de la estrella de Belén.

Los mexicanos necesitamos una estrella de Belén para cada situación. No podemos vivir sin esa lucecita allá en el cielo. O en la tilma de Juan Diego, en los ardides del Piojo Herrera o la Lotería Nacional. Nos hacen falta los milagros del cine estadunidense de Frank Capra (It´s a Wonderful Life, 1946) o George Seaton (Miracle on 34th Street, 1947).

Y tal vez ese es el camino. Después de todo, ese cine de posguerra contribuyó a que la sociedad estadunidense creyera en sí misma y diera el jalón del desarrollo que le transformó en la potencia, decadente y todo, pero potencia al fin, que es ahora. Sigamos, pues, la estrella de Belén, así sea la misma ilusión que siguieron los tres Reyes Magos, que ni eran tres ni eran reyes ni eran magos ni venían de Oriente ni vieron a Jesús la duodécima noche de nacido. Eran muy probablemente unos merolicos medos, persas, que conocieron al Nazareno cuando ya tenía unos tres años.

Pero si a ellos la estrella les hizo el milagrito, quién quita y...

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