Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero

En las guerras civiles, con frecuencia miembros de una misma familia, barrio, toman el frente contrario de seres que les son queridos.

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Félix Cortés Camarillo 26/12/2013 00:07
Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero

No hay guerra más fácil de definir ni más cruenta que la guerra civil. En las otras, cuando el pendón contrario es de otra tierra y otra sangre, el patriotismo fluye presto. En las guerras civiles, con frecuencia miembros de una misma familia, barrio, comunidad, toman el frente contrario de seres que les son queridos. Mariano José de Larra, ese antecedente español de Carlos Monsiváis, hizo la mejor descripción de la Guerra Civil Española, para el caso de todas las guerras civiles: aquí yace media España; murió de la otra mitad.

Las verdaderas guerras de México fueron todas guerras civiles; la de Independencia, la de Reforma, la Revolución. Las demás son meras escaramuzas contra invasores franceses o pelotones de gringos. Por eso las guerras nuestras han sido sumamente cruentas: el mexicano, como enemigo en el campo de batalla, debe sacar su atroz máscara de sacerdote azteca, y de la brutalidad de los mexicanos matándose entre sí dan cuenta las páginas de nota roja de los diarios explícitos del mediodía.

No nos hagamos tontos; en amplísimas zonas de los estados de Michoacán, Oaxaca y Guerrero por lo menos, el día de hoy hay grupos armados de mexicanos luchando a balazos contra grupos armados de mexicanos, sin que uno u otro pertenezcan a institución de gobierno establecido. Los grupos llamados de autodefensa, policía ciudadana o como se les quiera llamar, no solamente han sido tolerados por las autoridades de los estados: los gobernadores han sido sometidos por estas fuerzas o, como en el caso de Guerrero, subsidian, patrocinan y arman a algunos de ellos.

En la capital de la República los ciudadanos ven cómo su crispación no tiene más destino que crecer, con la obstaculización cotidiana de su derecho a desplazarse con libertad por sus calles, aderezada con empujones, insultos, golpes y vandalismo. El gobierno capitalino, temeroso como el federal a despertar recuerdos de represiones pasadas, no se atreve a tomar una sola medida en contra de estos violadores de la ley.

Desde hace 20 años existe un comunicado que le dio en su momento la vuelta al mundo, aunque sus autores hayan pasado al olvido: es una formal Declaración de Guerra al Ejército Mexicano y a su jefe que es el Ejecutivo federal. Que yo sepa, hasta el día de hoy esa declaratoria de guerra no ha sido revocada y el Poder Ejecutivo solamente ha cambiado de titular cuatro veces, alternando en el sitio personas que no le dan a este teatral manifiesto importancia real, aunque hayan sabido siempre que tras esa escenografía se ocultan siglos de injusticia y pobreza. Ninguno de ellos ha querido vencer el letargo que provoca la inercia.

Si todo este conjunto de realidades y protagonistas no conforman un cuadro de ingobernabilidad que se asoma peligrosamente a una guerra civil, yo debo ser un fraile benedictino que equivocó su vocación. Y lo peor de las guerras civiles es que, como en la española, si me quieres encontrar ya sabes mi paradero: el Estado mexicano sabe perfectamente dónde están los delincuentes mayores, sean corruptos depredadores del erario o sean narcotraficantes; suficiente sería la voluntad de ir por ellos.

Pilón.- El cancionero de ayer no estaba equivocado: nunca existió un periódico que se llamase Diario Más, puesto en cursivas en algunas ediciones de esta columna. Era, simplemente, un periódico que se sumó en aquel momento a la lista de diarios. Creo que fue el unomásuno. Vale.

 

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