La Cucaracha

La popularidad de la música llamada grupera es grande y los que andan fuera de la ley son seguidores fieles e intensos.

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Félix Cortés Camarillo 23/12/2013 00:19
La Cucaracha

Una de las muchas canciones emblemáticas de la Revolución Mexicana refiere los apuros de un insecto inmovilizado por la carencia de la cannabis. En algunas versiones de La Cucaracha el animalito había perdido una patita, pero la canción legítima dice que no tiene mota, de ahí que no camine. Emilio Varela quiso jugarle chueco a Camelia la Tejana, abandonándola después de entregar en Los Ángeles cuatro neumáticos repletos de mariguana, pero el intento le costó la vida.

Es natural que en la canción vernácula mexicana se nos aparezca aquí y allá la droga: las canciones, especialmente la juglaría que llamamos corridos, recoge la realidad del momento como lo hicieron sus abuelos los romances españoles. Lo que pasa en nuestro entorno, llámese las carreras de caballos, la Feria de San Marcos, los enamoramientos y las despedidas, todo, está necesariamente ahí.

Por otra parte la canción, como manifestación del arte, es un intento por evadirnos y todas las drogas, del tabaco al Krokodil pasando por el alcohol, son evasiones. Algunos pudibundos políticos mexicanos han querido prohibir, enviar al este del paraíso a los narcocorridos, frecuentemente mandados a hacer por los señores de las drogas en nuestro país pretendidamente a su imagen y semejanza. Se han ido, gobernantes como Fox y Calderón, por un tubo.

El grupo El As de la Sierra hizo el corrido del Señor de los Cielos Amado Carrillo  y Valentín Elizalde cantaba retadoramente  A mis enemigos. Los Huracanes del Norte se revientan a la primera petición Cuerno de Chivo de evidente dedicatoria, y Jefe de jefes es la joya de la corona de este amplio repertorio, ésta de los famosísimos Tigres del Norte. El Señor Mayo Zambada es un reverente corrido del grupo Enigma Norteño, como lo es El Chapo Guzmán por los Tucanes de Tijuana, de no pequeña fama. Ajustes Inzunza y El Macho Prieto fueron compuestos en honor de Gonzalo Inzunza Inzunza, presuntamente muerto hace un par de días en un enfrentamiento a balazos en Puerto Peñasco, Sonora. Digo presuntamente muerto, porque el Macho Prieto es uno más de los muertos sin cadáver que se dan en esta guerra. El cuerpo desapareció cuando callaron las armas; debe habérselo llevado uno de los cinco cómplices que ahí murieron.

La popularidad de la música llamada grupera es grande y los que andan fuera de la ley son seguidores fieles e intensos. Es bien sabido que los artistas de este género hacen presentaciones especiales y personalizadas para todo aquel que lo pueda pagar, independientemente del origen de su fortuna; dicen que la paga es buena, en efectivo y sin necesidad de contárselo a quien menos confianza le tenemos, que es el SAT. Algunos de estos artistas han sido agarrados en la maroma cuando algún soplón delata asambleas de este tipo y cae la policía. Otros han tenido menos suerte y han muerto baleados por sospecha de infidencia o indisciplina: no fueron suficientemente solícitos en componer o interpretar un corrido laudatorio.

El escándalo más reciente en esta zona mediática fue la  sospecha de que algunos conciertos del ídolo máximo de la canción ranchera, Vicente Fernández, en su gira del adiós en Estados Unidos, España y Colombia, pudieron haber sido usados por los promotores de dichos eventos para lo que se llama lavado de dinero; esto es, operaciones bancarias que convierten dinero obtenido del narcotráfico y que por lo tanto no tiene certificado de origen, en dinero bien habido. Si así fuere, ¿de qué se puede culpar al artista? En el peor de los casos, se trata de un fenómeno de ingenuidad.

De las autoridades.

 

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