I’m singing in the rain

La política no es ensueño; en ella, las reglas se emparentan con la economía y conversan con la balística...

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Félix Cortés Camarillo 17/12/2013 00:51
I’m singing  in the rain

Nos referimos por lo general al oficio de gobierno como el arte de gobernar, aunque estamos conscientes que es una disciplina más cercana a las ciencias exactas que ciertamente a las artes. Las artes no admiten cánones ni manuales. No hay una escuela para aprender a escribir novelas ejemplares o componer las coplas a la muerte de un padre,  y las academias de pintura pueden darnos clases de cromática, composición o historia del arte, pero nunca parirán por sí mismas un Renoir o un Picasso. Al menos no lo han hecho hasta ahora.

Sobre la manera de gobernar se han escrito memorables tratados, desde el de Sun Tzu, que se dice la guerra, y el de Maquiavelo, que son consejos al Príncipe. Se siguen escribiendo hasta nuestros días en gruesos volúmenes o publicaciones periódicas; más aún, literatos de gran tamaño dedican largos segmentos de su narrativa ilusoria al discurso sobre la política. Cervantes desparrama su saber mucho más allá de sus consejos al señor insular de Barataria.

La política no es ensueño; en ella, las reglas se emparentan con la economía y conversan con la balística, más exactamente con la geometría aplicada. La conjunción de medidas acertadas con el tiempo adecuado suele ser la fórmula más cercana a la perfección. Cambiadas las circunstancias, toda insistencia en metodologías añejas invariablemente termina en error.

En apenas un año, el gobernante del Distrito Federal ha desoído las oportunidades de tomar una medida radical, de mando, en el momento en que las fuerzas de una provocación, programadas y manipuladas con la eficiencia que dan los recursos materiales en abundancia, le permitían hacerlo para obtener así el aplauso generalizado de la población sobre la que ejerce el mando. Ante los desmanes de seudoestudiantes o pretendidos maestros en contra de una población civil dócil y dolida, la estrategia elegida ha sido repetidamente la cesión de plaza. El retroceso prudente mereció, en cierto momento, el aplauso de una comunidad civilizada que no quiere evocar crueldades represivas de reminiscencias aztecas. Ante cada agresión, un paso en retroceso, con el agravante de que los provocadores son azuzados por pandillas del poder alineadas a la misma facción política de Miguel Ángel Mancera, si es que existe alguna, la llamada izquierda. Bejarano y Padierna, por citar a dos de los más notorios de los manipuladores de la protesta violenta, se proclaman de una izquierda que, de tan pura, causa náusea.

La manera de imponer el aumento a las tarifas del Metro capitalino es una buena muestra: todos sabemos que el costo del transporte es cinco veces el que se cobra. Se pudo incrementar el precio del boleto a la chita callando, como cuando aumentó la cuota del Metrobús un 20% sin que nadie dijera nada. No, aquí se tuvo que hacer una encuesta más falsa que un billete de 15 pesos. Pero el ejemplo más flagrante de esa estrategia equivocada ha sido el rechazo al tímido intento de regular, atemperar, hacer más tolerables, las marchas insensatas por las calles de la capital mexicana. Esgrimiendo la jurisdicción federal distinta de la de la capital de la República, los asesores del gobernante capitalino le han llevado a un rechazo que provoca un mero desdén.

Marcelo Ebrard, antecesor en el cargo de gobernante capitalino, se lució cuanto quiso con sus playas artificiales y sus patinaderos sobre el hielo. Son otros tiempos: los provocadores han quemado ya un arbolito de Navidad —pagado por cierto por una refresquera, cuyo producto sufrirá el dulce gravamen de la gordura— y ya no se puede cantar bajo la lluvia ni deslizándose sobre el hielo.

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