Eeeeeen el nombre del cieeeelo

Los mexicanos seguirán viéndose privados del techo que les hemos persistentemente prometido y tradicionalmente negado.

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Félix Cortés Camarillo 16/12/2013 03:15
Eeeeeen el nombre del cieeeelo

Está comprobado que las proyecciones estadísticas están destinadas al fracaso; si no fuere así, no tendrían sentido. A estas alturas de nuestra evolución demográfica, el estimado de 113 millones de habitantes de nuestro país excede en cinco millones lo pronosticado. El número en sí carece de importancia; hace 40 años, el Presidente de entonces hubiera considerado esa realidad como un reto y un recurso. Hoy, de manera similar a los países desarrollados de Europa, pero por mecánicas diferentes, nuestra situación demográfica representa una amenaza para el crecimiento: ellos, los ricos, ven con azoro cómo sus viejos viven más tiempo, y los jóvenes, que deben generar riqueza para mantenerlos en vida de confort, son cada vez menos por del decremento en el número de nacimientos. Nosotros, los pobres, tenemos que reconocer que el avance tecnológico cada vez elimina más puestos de trabajo en la cadena de producción. Las oportunidades de empleo se desvanecen al mismo tiempo porque, para tan pocos patos, cada vez hay más escopetas.

Sin que haya relación con las fechas en que recordamos a unos peregrinos que hace dos mil años andaban buscando un lugar donde pasar la noche, Raquel Rolnick, relatora especial de Naciones Unidas para la Vivienda, orienta la crisis hacia su terreno: la deficiencia habitacional en el mundo es alarmante. No solamente que la vivienda está lejos de ser digna, hay millones de cosas que llamamos hogar, carentes de agua corriente o de letrina. El déficit es también numérico.

En México, siete estados dominan la estadística de insuficiencia habitacional: Chiapas, Baja California, Oaxaca, Puebla, Veracruz, Guerrero y el Estado de México encabezan esa impopular lista. En Chiapas, más del 70% de sus habitantes en edad y condición de merecer carecen de vivienda independiente; en Guerrero es el 53 por ciento.

Mención aparte merecen los esfuerzos oficiales y oficiosos por dotar a los mexicanos de una vivienda decorosa y accesible a las clases económicamente desposeídas. Los palomares horribles que encontramos a ambos lados de las carreteras, saliendo de cualquier concentración urbana del país, causan lástima. Aún así, son preferibles a las chozas de carrizo con lodo o cartoncillo y lámina de anuncios comerciales que hacen las delicias de los turistas aficionados a la fotografía folclórica. Los esfuerzos como el Infonavit y similares han topado con las dos paredes imbatibles de nuestra realidad política: la ineficiencia y la corrupción.

A partir de esta noche y hasta la Nochebuena, en que recordaremos que José y María encontraron un pesebre miserable donde parir a su hijo, tomaremos el pasaje bíblico como pretexto para una buena borrachera, prolongada fiesta y ensayos de acoso sexual, eventualmente exitosos. Mientras tanto, los mexicanos seguirán viéndose privados, en número enorme, del techo que les hemos persistentemente prometido y tradicionalmente negado.

Pues no puede andar mi esposa amada....

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