Tu prisa

Venimos de reformar lo reformable y queremos reformar lo que queda antes de que llegue la primera posada, el día 16.

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Félix Cortés Camarillo 05/12/2013 00:41
Tu prisa

                ...esas alas que no acaban de llenarse de mañana.

                Tu Prisa

 

Cuando era yo más joven una mujer me dijo, luego de un fugaz encuentro del segundo milenio, que si quería hacer las cosas bien no debía hacerlas con prisa. Entonces no le entendí: ahora que recuerdo su decir, porque de su nombre no quiero acordarme, comprendo la avalancha reformista que se nos vino encima y de cuyas consecuencias vamos a tardar en darnos cuenta. Como yo con la chica, ni tan chica, aquélla. Despacio que tengo prisa, decía mi abuela, quien seguramente tuvo despertares sexuales más completos que los míos.

Venimos de reformar lo reformable y queremos reformar lo que queda antes de que llegue la primera posada, el día 16. Hicimos —hicimos es un decir, hicieron— la reforma educativa que no modifica un milímetro en procedimientos pedagógicos o sistemas de enseñanza. Se aprobó a toda máquina la reforma impositiva, enviando un mensaje fatal a los causantes cautivos: es mejor ser de la economía informal, porque eres mayoría y no pagas impuestos. Se metió a la licuadora la reforma en telecomunicaciones y no hay un solo personero del gobierno que nos explique en qué consiste, y todos nos dicen que cuando vengan las leyes secundarias seremos sabios. La misma abuela contestaba a mis inquietudes, misteriosa ella: lo entenderás cuando seas grande.

Yo quisiera ser ya grande para entender la apresurada reforma político-electoral, en la que se aprueba al vapor lo mismo la reelección de alcaldes y legisladores —un saludo a ultratumba, espíritu de Pancho Ignacio Madero—, el afianzamiento de la partidocracia o la sustitución de un oneroso aparato burocrático IFE, con un oneroso instituto INE, que va a deshacer lo mismo que su antecedente, que ya lo rechaza. Diciéndole de paso no a la segunda vuelta electoral, a la figura del jefe de Gobierno o al derecho de réplica (artículo sexto de la Constitución); y el voto de los mexicanos en el extranjero, un derecho chicaneado, ejercido a medias y caro, derecho mocho.

Por ningún motivo, la reforma político-electoral recoge el llamado colectivo más intenso —promesa presidencial de los candidatos, primero Calderón y luego Peña Nieto— de reducir el número de integrantes del Congreso mexicano. Mucho menos abolir la más cínica de las figuras del Poder Legislativo, la existencia de los plurinominales, representantes que no representan a nadie sino a los dirigentes partidarios que les adjudicaron su curul y sus dietas a cambio de la disciplina indiscutida.

Claro, había la prisa por acabar pronto, como con la señora aquella de mis juventudes; urgía acabar con la reforma electoral porque era condición para aprobar, otra vez al vapor, la reforma energética. Había que hacerlo todo a prisa, sin que importase la existencia de candidatos independientes, apartidistas, por ejemplo. Era necesario conservar el monopolio del poder en las manos de los gandayas del comercio político.

Se va a aprobar, dentro de esa doblemente cercada olla de presión que es el Senado, y por quien tenga que aprobarla, la reforma energética. Promulgaráse, publicaráse y habrá de acatarse. Tal vez.

Con las prisas, uno se olvida de lo esencial.

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