El Maestro de la Patria

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Fausto Alzati Araiza 15/05/2014 00:50
El Maestro de la Patria

Me atrevo a afirmar sin temor a errar que, en toda la azarosa historia de la patria mexicana —que quizá debiéramos mejor llamar “matria”, pues no son pocos los mexicanos abandonados por el padre, que sin embargo jamás carecieron de madre, mucha madre— nadie ha merecido más y mejor el título honrosísimo de “Maestro” que José María Albino Vasconcelos Calderón, Maestro de la Patria y después Maestro de América, singular intelectual y político oaxaqueño que, al poner en práctica su pensamiento pedagógico, se elevó a la altura, y quizás hasta por encima de aquellos mexicanos excepcionales que le antecedieron en dedicar sus mejores esfuerzos y talentos a la educación nacional: Gabino Barreda, Joaquín Baranda, Justo Sierra, entre otros.

Quiso el destino, ese implacable e inescrutable destino que Plutarco exalta en sus Vidas paralelas, que José Vasconcelos grabara con brillo singular su nombre en la historia de México. No en detrimento del callado heroísmo de las innumerables maestras y maestros que a diario construyen el porvenir de la nación desde la trinchera luminosa del aula y el pizarrón, sino como ejemplo inspirador de quien hizo de la tarea docente el cimiento de nuevas instituciones que, adelantadas a su “tiempo mexicano” y edificadas con audacia y limpieza de miras, son hasta hoy sustento primordial de la soberanía nacional y fundamento del porvenir de libertad y prosperidad que nuestra nación va conquistando sin desmayo. De manera muy singular, la educación pública y la formidable institución que la encarna: la Secretaría de Educación Pública (SEP).

Vasconcelos reconoce que Máximo Gorki, literato ruso y paradigma del escritor autodidacta, le sirve de inspiración cuando escribe: “Hay que abaratar los clásicos… hay que darlos a los pobres… No es justo que sean privilegio de ricos… Qué mejor tesoro por repartir”. Y sin cortapisas critica acremente a quienes “habían echado en manos de municipios, previamente despojados de sus rentas y de su autonomía, toda la carga de la educación primaria. Y nosotros tratábamos de resucitar la Secretaría de Estado que el porfirismo, bajo la acción ilustrada de Baranda y de Justo Sierra, había dedicado en teoría a la educación popular… convirtiendo de una vez la institución proyectada en un amplio ministerio, cuyas funciones cubrirían todo el territorio patrio”. Lúcida visión la de Vasconcelos, cuya vigencia resulta más que patente hoy en día. Y continúa su reflexión: “En no pocos casos los gobernadores nos veían con hostilidad, ya porque se sintieran invadidos en sus funciones, ya porque pretendían aprovechar la reforma para cobrar más dinero del Tesoro Federal. Adelantaban la condición de que se les entregase en forma de subsidio la colaboración federal, para ser ellos quienes creasen las nuevas escuelas. Nunca aceptamos transacción semejante, que habría roto la unidad de nuestro plan y hubiera puesto los fondos escolares en manos no siempre escrupulosas, a menudo irresponsables”. Y más adelante agrega: “A los estados les dejamos, por lo común, la atención a las escuelas urbanas. Y, en general, tomó para sí la Federación la carga más pesada de la educación rural. A los particulares se les dejó en libertad de sostener escuelas… siempre y cuando adoptasen el programa oficial”.

Resulta en esta hora pertinente y oportuno recordar estas reflexiones de Vasconcelos, porque es patente que iluminan y dan rumbo en la definición de algunos de los temas centrales de la Reforma Educativa que hoy está en curso. Y porque es aleccionador recobrar hoy los grandes trazos del proyecto fundacional de la SEP. La voz del Maestro de la Patria resuena una y otra vez en los espacios de la educación pública para que la obra educativa que ahora renace sea radical y vaya a las raíces del pensamiento del más grande educador mexicano.

                Twitter: @alzati_phd

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