El despojo y la traición: mitos nada geniales

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Fausto Alzati Araiza 19/12/2013 06:12
El despojo  y la traición:  mitos nada geniales

Comencemos con el supuesto despojo. En primer término nadie puede ser despojado de lo que le es consustancial e inherente. Ciertamente la nación mexicana es titular única, inalienable e imprescriptible, de los recursos naturales del subsuelo del territorio nacional. Esos derechos los adquirió originaria y directamente como herencia de la Corona Española al obtener su Independencia. Como en muchos otros países, se trata de derechos inherentes e inseparables de la soberanía. Son derechos soberanos del soberano. Y en México el soberano es la nación. No el pueblo, no el Estado, no el gobierno, no Pemex. La nación y sólo la nación. Sólo en Estados Unidos y en algunos otros casos excepcionales de importancia menor, el titular de los recursos del subsuelo no es el soberano, sino el dueño del suelo, es decir, de la superficie territorial, que puede ser cualquier persona física o moral, de carácter público o privado y puede, en consecuencia, alienarlos parcial o totalmente, como cualquier otro elemento de su patrimonio.

No en México. Aquí la nación mexicana sólo puede ser despojada de sus derechos a los recursos del subsuelo de su territorio nacional si es antes despojada de la soberanía. Sólo una invasión extranjera que aniquilara a las Fuerzas Armadas constitucionalmente establecidas para la defensa de la soberanía nacional, derogara la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y estableciera un Estado de excepción, podría llevar a cabo el supuesto despojo. Ni las mentes más delirantes de paranoia nacionalista pueden con seriedad y rigor pretender que una Reforma Constitucional sancionada conforme a derecho por un Constituyente Permanente electo democráticamente, con las imperfecciones que se quiera, pero en elecciones legales y legítimas, constituye una derogación de la soberanía nacional que amerite ser calificada de “despojo”.

En segundo término, nadie puede ser despojado de lo que no posee aún. Y es fundamental entender que los recursos del subsuelo en materia de hidrocarburos son derechos a una riqueza que probablemente exista, según los mejores datos disponibles a partir de estudios sismológicos, geológicos, geoquímicos, espectrométricos, satelitales, etcétera, pero no son “petróleo” ni gas, hasta que, en efecto, se les localice con precisión, se perfore y se les extraiga. Sólo entonces los datos de flujo y presión permitirán hacer una estimación razonable del monto de líquidos y gas disponibles en el subsuelo, su composición química, viscosidad, etcétera. Y por tanto su potencial valor de mercado, perfil de producción y declinación, etcétera. Sólo entonces podemos saber si se trata de un domo de sal o de un depósito de “petróleo” que sólo entonces existe y sólo entonces “es nuestro”.

Sin embargo hoy, por múltiples razones, la nación mexicana requiere del concurso de entidades privadas y mixtas, nacionales y extranjeras, que le aporten conocimientos tecnológicos, destrezas gerenciales, redes logísticas y comerciales, además de recursos financieros de los que hoy por hoy no dispone y que resultan indispensables para, primero, convertir nuestras presunciones geológicas en “ nuestro petróleo” y luego éste en riqueza efectiva que permita alcanzar y apuntalar en México una prosperidad democrática duradera, fincada en infraestructura y activos reproducibles, como el capital humano calificado, capacidades de innovación globalmente competitivas y una amplia base de energías renovables. Y he aquí el segundo mito. Si es “traición a la patria” modificar legal y legítimamente leyes obsoletas para hacer posible esta transformación que nos sacará del atraso y eliminará la desocupación masiva y con ella la pobreza, pues entonces benditos sean los valientes y patriotas “traidores”. Juro por San Judas que la historia los absolverá. Y en las elecciones de 2015, con la economía en auge, nada tendrán que temer.

            Twitter: @alzati_phd

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