Cercos

El amurallamiento es también un estado mental, que anula todo diálogo y conciliación.

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Fabiola Guarneros Saavedra 08/12/2013 01:17
Cercos

Justo cuando México necesita un diálogo directo y abierto para hallar solución a sus problemas, se ha impuesto la tendencia a levantar muros.

Metáfora exacta del estado de nuestro debate público, las vallas metálicas colocadas en las inmediaciones del Senado son tan sólo la máxima expresión de nuestra incapacidad como sociedad de exponer argumentos y de estar dispuestos a conciliar las diferencias con los otros, para encontrar una salida de común acuerdo.

Es un paisaje al que, por desgracia, parece que ya nos hemos acostumbrado y nuestra sensibilidad está tan anulada como si hubiéramos perdido ya toda capacidad de asombro e indignación y, peor aún, la voluntad de quitar obstáculos.

La muestra más palpable ha sido, por supuesto, la oposición de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) a la Reforma Educativa nacida al amparo del Pacto por México. A lo largo del año nos habituaron a ver dos explanadas altamente simbólicas —la Plaza de la Constitución y el Monumento a la Revolución— copadas de tiendas de campaña, mientras que un puñado de sus integrantes paralizaban avenidas clave de la capital, en una escalada que afectó incluso a usuarios del aeropuerto ajenos por completo a su inconformidad.

Sin embargo, el daño infligido a los viajeros que perdieron su vuelo es mucho menor que el de los comercios que se han visto obligados a cerrar la cortina a causa de las pérdidas económicas que les significa un plantón que sufren directamente, aun cuando las causas que lo animan no son de su incumbencia.

Se trata de una constante vivida a lo largo de 2013 que alcanzó su clímax en el momento que la CNTE obligó al Congreso a peregrinar y sesionar en sedes alternas, ante la imposibilidad de procesar en sus propios recintos las leyes secundarias en materia educativa.

Los legisladores y la autoridad tomaron nota de esta experiencia y ahora, cuando toca la más polémica Reforma Energética, decidieron blindarse en el sentido literal de la palabra, cubriendo las calles con paredes de metal que contribuirán a preservar la dignidad de este Poder y evitar, de nueva cuenta, el bochornoso espectáculo de andar errantes por las calles en busca de un recinto que sea inmune al acoso de los detractores de la iniciativa.

Pero aun concediendo que tienen razón en esta medida extrema, el sacrificado de nueva cuenta es el debate público, que ahora más que nunca precisa de ser abierto y transparente, máxime cuando lo que está en juego es el futuro de una de las industrias clave de México, motor de buena parte de su actividad económica. 

Y es que uno de los actores de la discusión —la izquierda— decidió trasladar a las calles su lucha contra la Reforma Energética, por medio de un cerco ciudadano animado por un Andrés Manuel López Obrador afectado por una obstrucción arterial que lo ha confinado al cubículo de un hospital, transfiriendo a sus hijos el liderazgo virtual de ese movimiento.

Y la izquierda moderada, arrastrada en la vorágine de las posturas radicales, está en los hechos ausente de un debate que ha dejado como únicos protagonistas al PRI, que encabeza el gobierno federal promotor de la iniciativa, y el PAN, ideológicamente más proclive a la apertura del sector energético.

Pero como el amurallamiento es también un estado mental, una predisposición al uso simbólico de la fuerza, ya el partido blanquiazul quiso dar su muestra de músculo levantándose el pasado jueves de la negociación e imponiendo cinco condiciones que, más allá de su pertinencia —como lo es el tratar de poner coto al impresentable sindicato petrolero—, sólo buscan poner contra las cuerdas al gobierno, “no hacérsela tan fácil”, orillando a una salida improvisada debido a que los tiempos legales se agotan o logrando que la discusión se postergue “para mejor ocasión”. Y ya todos sabemos que en política, la “mejor ocasión” es sólo un horizonte, una línea imaginaria que nunca se alcanza por luminosa que parezca.

En medio de las murallas reales o mentales, ideológicas y políticas, que se yerguen anulando todo diálogo y conciliación, nos sorprendió —como al resto del mundo— la muerte de Nelson Mandela, el líder que dio ejemplo al mundo con su lucha contra la segregación racial en Sudáfrica. Por lo pronto, el deceso dio un buen pretexto para que por unos instantes la clase política mexicana depusiera sus cercos para dedicarle un minuto de silencio o de aplausos. Mejor harían con ahorrarse su demagogia y dejar de una vez por todas sus mezquindades para trabajar en pro de una sociedad harta de encontrar todo el tiempo barreras contra su progreso.

                Twitter: @Fabiguarneros

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