Treinta años sin Foucault

El pensador era un hombre aún joven de 50 años y su rostro, sus orejas tipo Mr. Spock y su cráneo rapado, le daban un aire de extraterrestre

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Eduardo García Aguilar 06/07/2014 00:02
Treinta años sin Foucault

Tuve la fortuna de estudiar en la Universidad de Vincennes en uno de los tiempos más creativos de la cultura francesa contemporánea, cuando estaban todavía vivos André Malraux, Jean Paul Sartre y Louis Aragón, entre otras figuras mayores, y enseñaban en las universidades jóvenes profesores que, como Michel Foucault (1926-1984), han pasado a la gloria.

En plena actividad estaban entonces Roland Barthes, Louis Althusser, Jacques Lacan, Claude Levi-Strauss y Gilles Deleuze, entre otros muchos que defendieron a esa universidad libertaria creada después de la revolución de mayo de 1968.

La Universidad de Vincennes, o París VIII, que después fue trasladada del lugar original en el bosque del mismo nombre del este de la ciudad, para instalarse al norte de la misma, en Saint Denis, donde hoy se encuentra, fue uno de los centros de pensamiento más vivos de la segunda mitad del siglo XX.

Como era un experimento antiautoritario, en sus aulas se recibía a obreros que quisieran estudiar, así como a un porcentaje mucho mayor de estudiantes extranjeros provenientes de todos los continentes. Casi todos los grandes pensadores del momento acudían felices a vivir ese gran experimento de pensamiento libre y no era extraño recibir en sus aulas a grandes figuras, como Herbert Marcuse.

Debido a que Michel Foucault ya no era profesor en Vincennes, muchos de los estudiantes de ciencias humanas acudíamos a sus clases en el Colegio de Francia. Madrugábamos a hacer cola para poder escuchar sus conferencias multitudinarias, que dictaba rodeado de centenares de grabadoras arcaicas colocadas por los alumnos en la mesa rectangular donde oficiaba y que emitían un extraño murmullo, interrumpido por los clics sucesivos que hacían los aparatos al terminarse la cinta del magnetófono.

Las personas que no lograban entrar a la sala se colocaban en otro salón para escuchar la voz del sabio transmitida por altavoces. Foucault era un hombre aún joven de 50 años y su rostro, sus orejas tipo Mr. Spock y su cráneo rapado, le daban un aire de extraterrestre. A esa edad era ya una eminencia que abría nuevas ventanas a las ciencias humanas y 30 años después de su muerte es considerado el filósofo más citado en las academias del mundo en este inicio del siglo XXI.

Muchos de los grandes problemas actuales en la era de internet fueron vislumbrados en algunos de sus escritos, donde escudriñó de manera minuciosa los problemas de los poderes carcelario y siquiátrico a lo largo de la historia, y percibió y reveló los peligros de la nueva era de control orweliano en que vivimos.

Su inteligencia arrasaba y al releerlo hoy, al sentir la música de sus palabras e ideas, sabemos que además de un gran pensador e investigador era un escritor de la mejor estirpe. Vivía de lleno entre los archivos y trabajaba sin cesar en la relectura de los textos clásicos de todos los tiempos. Y toda esa erudición vibraba a través de una prosa viva y flexible.

Lo mismo ocurría con Roland Barthes, a algunos de cuyos cursos también tuve entonces la fortuna y la osadía de asistir con la misma pasión que nos animaba a todos los estudiantes de la época. Tiempo después, cuando ambos desaparecieron de manera prematura, Foucault, a causa del sida, y Barthes, por un accidente absurdo, quienes acudimos a escucharlos sabemos que estuvimos cerca de dos leyendas. Toda una generación de jóvenes de cabellera larga y ropas coloridas típicas de aquellos tiempos del peace and love, bebíamos las palabras rebeldes de Foucault, hipnotizados por su cálida elocuencia.

El Colegio de Francia donde enseñó de 1970 a 1984 es una institución abierta donde los más prestigiosos pensadores y científicos de todas las disciplinas dictan cátedras sobre los temas más diversos, desde la física, la astronomía y la biología hasta la literatura, la lingüística, la historia y la ciencia política, pasando por la paleontología y la arqueología, entre otras muchas disciplinas.

Allí no se dispensan diplomas y la gente va sólo por el interés de saber, aprender y poner en movimiento sus cerebros, porque como dice Francis Picabia, “la cabeza es redonda para que las ideas circulen”. Las aulas del Colegio de Francia siempre están llenas y es curioso ver que la mayoría de los asistentes en la actualidad son personas mayores que peinan canas, cuando en aquellos tiempos de Foucault y Barthes eran en su mayoría jóvenes menores de 30 años. O sea que los muchachos de ayer siguen siendo los alumnos jubilados de hoy.

Hace unos años asistí a una serie de conferencias de paleontología humana dictadas por Michel Brunet —el descubridor de Tumái, el homínido más antiguo—, quien dicta sus clases en una mesa amplia como la que usaba Foucault, pero, en vez de grabadoras, junto a él se ven en fila todos los cráneos de los diferentes primates bípedos descubiertos, o sea los ancestros más antiguos de la humanidad. Asistí a esos cursos de paleontología en el Colegio de Francia con la nostalgia de aquellos inolvidables momentos vividos en los años 70, y los fantasmas de Foucault y Barthes, seguían allí presentes y sus energías flotaban sobre los cráneos de los homínidos expuestos por Brunet.

Toda la prensa celebró con gran despliegue los 30 años de la muerte de Foucault el 25 de junio de 1984 y un diario, Liberation, tuvo inclusive la maravillosa ocurrencia de dedicarle la portada del diario y varias páginas interiores. Además de sus libros más conocidos, cada año salen nuevos volúmenes de sus cursos y anotaciones, así como biografías y estudios sobre su obra.

El estudiante de Poitiers, muy malo en matemáticas, que estuvo cerca de la locura en su juventud y fue una de las primeras víctimas del sida, ha terminado por ser profeta en su tierra, pese a que durante varias décadas la universidad francesa fue reticente con él. Releer ahora Las palabras y las cosas, degustar esa prosa marcada por Jorge Luis Borges, es el mejor homenaje que podemos hacerle sus lectores.

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