Disneylandia en Venecia

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Eduardo García Aguilar 01/06/2014 00:00
Disneylandia en Venecia

Venecia sigue siendo la bella joya milenaria que nos recuerda el esplendor de un imperio comercial donde se originó el mundo moderno dominado por el capital mundial y la velocidad de la información y en cada uno de sus recovecos, laberintos, esquinas, puentes, pasajes, canales, se esconde el grito perdido de millones de fantasmas que vibraron desesperados tras el oro y la riqueza como objetivos últimos de la existencia.

En pleno siglo XXI, la ciudad de Giacomo Casanova y de La muerte en Venecia de Thomas Mann se ha convertido en una agitada Disneylandia dominada por el ruido de las embarcaciones de motor que desplazaron a las góndolas y hacen vibrar los muros de los palacios en una incesante correría de histeria y agresividad por los canales sucios, donde sólo importa el tintineo de la caja registradora y los flashes de los teléfonos portátiles.

Fue la primera urbe moderna desmesurada y si hoy impresiona recorrerla, si hoy nos golpea el alma y la mirada en medio de la romería humana, ya podrá uno imaginarse lo que sentía hace casi mil años el visitante casual, el diplomático, el marino, el militar o el inmigrante que llegaba a ese lugar en busca de trabajo y oportunidades. Aquellos hombres de todos los orígenes esperaban en las antesalas del poder en el palacio de los Duques, junto a la Plaza de San Marcos y la excéntrica Catedral construida con los mármoles, los caballos de bronce y las columnatas raptadas de países lejanos saqueados por su armada invencible, y mientras llegaba el ceremonioso funcionario enfundado en sus capas satinadas, tenían tiempo de sentirse aplastados y enmudecer ante los oros y las luces de los frescos, la diamantina luz de muros y portalones, la insaciable fuerza retorcida de muebles y estanterías, el lujo pertinaz de tapices orientales y vasijas y lámparas lagrimeantes de cristal de Murano.

París es un gran escenario reciente de pastelería decimonónica donde queda muy poco de la realidad medieval o renacentista. Allí lo más antiguo viene de los siglos XVII y XVIII y la mayor parte del siglo XIX, cuando el barón Haussmann la arrasó para construir algo nuevo y uniforme surcado por avenidas y bulevares. Pero París, otra Disneylandia para turistas, es poco comparado con las huellas reales del esplendor veneciano, humedecido por las aguas y musgos que roen sus entrañas y cimientos.

Otras ciudades europeas comerciales posmediavales como Estrasburgo y Brujas sí conservan las viejas casas de vigas aparentes y los rincones que nos recuerdan los tiempos magníficos en que el pensamiento, el arte, la ciencia, la nueva filosofía de la era Gütemberg se iban fraguando en monasterios y gabinetes personales de sabios que desenterraban las ruinas del antiguo mundo grecorromano. Pero a su vez son pequeñas y escasas ante la grandeza de la ciudad de los canales.

Venecia lleva al máximo esplendor el testimonio de una Ciudad-Estado todopoderosa que enviaba sus naves a todos los puntos cardinales y recibía en sus muelles las mercaderías más lejanas para distribuirlas luego en el mundo occidental conocido. En sus astilleros se construían las naves más ágiles, complejas y veloces, y se organizaban las más increíbles misiones comerciales financiadas por los ricos oligarcas que pululaban allí como hormigas atrayendo pintores, escritores, músicos, saltimbanquis, arlequines,  ventureros, médicos, brujos, cortesanas, asesinos, marineros, militares, cardenales, espías e impostores.

En los lujosos gabinetes de los palacios, frente a las aguas del Gran Canal, se fundaron y se activaron los bancos y las aseguradoras más sólidas y longevas del momento, lo que garantizaba la seguridad de las misiones y la reproducción permanente del capital, ese fluido de riquezas registradas en papeles negociados en bolsas y cuya dinámica llega en nuestro tiempo a su máxima perfección y perversidad virtual.

Para que todo eso funcionara tenía que haber una escalofriante organización de gran relojería, donde los poderes eran expresión de fuerzas en pugna neutralizadas mutuamente. Algunos duques fueron destituidos ipso facto o decapitados, acusados de traición, y los centenares que se sucedieron a través de los siglos sabían que eran sólo la punta de un iceberg donde su voz era la de una oligarquía colectiva, estratificada en diversas instancias de control, poseedora cada una de servicios de espionaje. Venecia fue la gran urbe de los espías y los policías: allí se perfeccionaron los métodos de control informativo que hoy dominan el mundo, convertido ya en una Venecia multipolar, una hidra de centros financieros que tiene decenas de cabezas poderosas en todos los continentes, cada cual más cruel y y devoradora que la otra.

Es probable que su esplendor arquitectónico, el despliegue obsceno de sus riquezas obnubilase a quien la viera por primera vez entre los siglos XIII y XVII, cuando comenzó su decadencia, pues su grandeza entonces era mucho más desmesurada de lo que pudo ser la de Nueva York en el siglo XX para los emigrantes que recalaban frente a la Estatua de la Libertad, huyendo de la pobreza o las guerras.

Nueva York sería poco frente a esos palacios cubiertos de oro en filigrana y frescos y cuadros pintados por los más grandes artistas plásticos del momento, Carpaccio, los Bellini, Bassano, Conigliano, Tiziano, Tintoretto, Veronese, TiépoloCanaletto, que siguen siendo hoy, medio milenio después, faros inevitables del arte de todos los tiempos.

Al lado de ese esplendor de élite también se escucha el grito de los muertos de la peste que llegó con las ratas en las naves provenientes desde Bizancio, capital del oriente cristiano tomada y perdida por los venecianos. Una peste implacable que devastó la ciudad y se extendió por toda Europa matando a millones y millones de seres humanos asfixiados por una neumonía universal y por las negras llagas pútridas.

De esa peste, de esa igualdad por la muerte, se desprende la frivolidad de los carnavales, donde los enmascarados rondan sin identidad alguna, salvo por la variedad retorcida de sus identidades secretas cubiertas de cínicas muecas de pesadilla. Ya en la decadencia de ese mundo surgió el gran Casanova, el hijo oscuro de la ciudad que nos relata sus aventuras en su relato de una vida picaresca iniciada desde abajo, en la ilegitimidad de nacer junto a los escenarios del vientre de una comediante callejera.

De todo ese murmullo milenario sólo quedan los espectros en medio de una Disneylandia del siglo XXI para millones de turistas, muchos de ellos oligofrénicos; queda sólo la velocidad de los barcos motorizados que desplazaron a las góndolas; las tiendas de lujo, los sitios de comida rápida, la música industrial para fugaces turistas japoneses o chinos y el griterío infinito de quienes cruzan en un abrir y cerrar de ojos este inmenso parque recreativo que se hunde bajo la velocidad del oro, el agua, el liquen y la nada.

Pero aun así, entre el asco de las callejuelas atestadas de gente como sardinas, el visitante lúcido que llega a ella temblando entiende que entre las ruinas escondidas sangra la historia y la noche de una humanidad que sigue su camino quién sabe hacia dónde.

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