El crepúsculo de los libertinos

El motor de las obras plásticas o literarias de la humanidad ha sido siempre el deseo

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Eduardo García Aguilar 04/05/2014 00:09
El crepúsculo de los libertinos

Hubo un tiempo en que el deseo, el cuerpo y la sexualidad desbordados de la humanidad se explayaban en las artes y las literaturas en boga de los tiempos idos: en las ilustraciones de las vasijas griegas donde todo tipo de acoplamientos eran permitidos, en los templos de Kajuraho, en los frescos priápicos de Pompeya, en las cerámicas prehispánicas y en las tumbas de los viajeros al más allá, pobladas de tótems fálicos o vaginales.

En las tumbas del Tlakamakan, donde se descubrieron momias espectaculares de indoeuropeos de hace más de cuatro mil años, perfectamente conservadas, perdidas en los desiertos extremo-occidentales de la actual China, los cuerpos de las beldades y los varones que viajaban con ellas hacia la eternidad estaban rodeados de símbolos y objetos sexuales que los acompañaban para siempre, en una plegaria comprensible de fertilidad.

Muchas obras escritas en los más lejanos tiempos nos hablaban de esa fuerza ineluctable de la carne, como lo prueban los poemas de Safo o los escritos pornográficos de Petronio o Aretino, y después, en los tiempos de la Ilustración, las variadas obras de los libertinos dieciochescos encabezados por Restif de la Bretonne, el Marqués de Sade o Giacomo Casanova, que fueron censuradas o guardadas en secreto en los gabinetes ocultos de las bibliotecas, incluso la del Vaticano.

Un recorrido por los museos del mundo nos comunica la belleza indescriptible de los cuerpos humanos desnudos en el mármol, como ese hermafrodita dormido que yace en el Louvre, o el Herakles, o la Venus del Milo, o los apolos, hércules, dionisios, sátiros Marsyas que sorprenden, o en los templos interminables de Kajuraho y otras localidades de la India, donde el acto sexual se describía en todas las posturas por medio de una plástica en que cada una de las escenas circulares y en espiral, talladas en la piedra, eran distintas y variadas hasta el infinito de la concupiscencia milenaria.

Allí en ese bosque de amor y deseo, en esa selva de pasión devoradora, las figuras pornográficas de Kajuraho se entrelazan, se besan, se penetran, cabalgan entre ellas con la flexibilidad acuática de los cuerpos bien formados de hembras y varones, ataviados para el efecto con las mejores prendas coloridas, sus pieles cubiertas por aromáticos ungüentos en medio del olor del sándalo que arde bajo el magnífico sol de las tardes orientales.

En la escritura, el amor y la carne han propiciado los textos más intensos, como los poemas de Propercio, donde Cynthia la infiel e indiferente es grabada para siempre en la palabra furiosa del poeta despechado y milenios después en la Balada de la cárcel del Reading, donde Oscar Wilde purgó prisión por el amor de un muchacho en medio de la puritana sociedad de su tiempo, o en los poemas y locuras de Verlaine, seducido por la belleza adolescente de Rimbaud, que lo enloquece tanto hasta el punto de lanzarle un disparo.

Y en las aventuras del Ramayana y el Mahabarata de la India o en el Antiguo Testamento de la Biblia misma, o en la tragedia griega encabezada por Edipo, todos los desbordes eróticos son permitidos y los dioses y los reyes y los viejos o los jóvenes se ven implicados en historias de incestos e infidelidades, de traiciones y abandonos, como si fuesen telenovelas en serie cuyo culmen fuese Romeo y Julieta, de Shakespeare.

El motor de las obras plásticas o literarias de la humanidad ha sido siempre el deseo, el cuerpo, el coito, la insaciabilidad del ser, el enamoramiento que corroe cuerpos y almas hasta el último suspiro como en las obras de Santa Teresa o Sor Juana, Kawabata o Mishima, en los poemas del gran griego-alejandrino Cavafis, plenos de erotismo homosexual, o en las Memorias de Adriano, de Margerite Yourcenar, donde la gran autora belga cuenta el amor de Adriano por un efebo al que quiso convertir en Dios.

Y esa, para mencionar sólo a algunos franceses, es la energía que lleva a la perdición de Madame Bovary, enloquecida por los cuerpos de los amantes que la llevan al suicidio o la locura pasional de los personajes de Stendhal, cuando no en las peripecias finiseculares de Barbey D’Aurevilly en Las Diabólicas o en la incesante copulación contemporánea de Pierre Guyotat, Catherine Millet, Christine Angot o Virginie Despentes.

Pero esas literaturas y artes libertinas o pornográficas han perdido terreno en una sociedad puritana que cierra cada vez más las puertas a esas expresiones y controla con la autocensura toda posibilidad de ir al extremo, convirtiendo el erotismo en la caricatura soft porn de Los cincuenta matices de Gray, de E. L. James, o en una literatura de escándalo neurasténica, que más pareciera asustar improbables monjas del siglo XIX, que abrir la fuente de la pasión.

Las literaturas y las artes libertinas asustan en el siglo XXI, por lo que la novela en boga parece ceñirse casi toda a unas reglas donde el cuerpo está contenido, encadenado a las leyes del desenlace y la trama asexuados para el consumo y las artes contenidas ante la posibilidad de que los nuevos fanatismos, cristianos o islámicos, las impugnen por medio de agresiones o manifestaciones, como ocurrió con las fotografías sacrílegas del estadunidense Serrano o la crítica y censura generalizadas ante las Memorias de mis putas tristes, última obra del senecto Gabriel García Márquez. Por lo que la Biblia sería hoy más erótica que la trilogía de E. L. James, que se vende como best seller en todas las librerías de los aeropuertos y los supermercados del mundo.

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