Retorno a Rabat

Al llegar al sitio vemos las murallas color ocre de hace un milenio, intactas.

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Eduardo García Aguilar 02/03/2014 00:47
Retorno a Rabat

Por alguna razón fenicios, cartagineses, romanos, bereberes, árabes, hispanos y franceses escogieron a través de los milenios instalarse en este valle rodeado de colinas frente al mar, donde se encuentra Rabat, capital de Marruecos, ciudad plena de verdura y luminosidad.

En las ruinas de Chellah se pueden observar los diferentes vestigios de las civilizaciones que se avecindaron en un oasis cuya fertilidad desbordante se debe sin duda al abono de las explosiones volcánicas cercanas por la emergencia cataclísmica de las islas Canarias y los choques de las placas tectónicas que provocaron destructores terremotos, como el famoso que lleva el nombre de Lisboa, en el siglo XVIII, sobre el que escribió Voltaire y que sorprendió a los europeos ilustrados de entonces. Esos sucesivos terremotos destruyeron diferentes asentamientos milenarios que permanecieron unos sobre otros durante siglos en capas excavadas con rigor durante el protectorado francés inaugurado en 1912 por el esteta general Lyautey, que duró cuatro décadas, hasta 1956.

Al llegar al sitio vemos las murallas color ocre de hace un milenio, intactas, construidas por un sultán almohade en 1146 que se instaló en estos territorios en el marco de la oleada expansiva del Islam, lanzado por el profeta
Mahoma siglos antes y que poco a poco se iba extendiendo con fuerza por África, Oriente Medio y Asia, y es hoy una religión en plena actividad seguida por fieles de muchas naciones y continentes, cientos y cientos de millones de seres arrullados por las plegarias de los muecines que resuenan desde la Meca.

Lo sorprendente en este bello lugar de ruinas sobre ruinas es la placidez de las cigüeñas que anidan sobre los muros y en lo alto del alminar de la mezquita echada a tierra bajo el efecto de un terremoto.

Desde hace milenios estas aves que traen buena suerte han escogido el lugar para anidar y reproducirse luego de extensas peregrinaciones desde Kenia hasta los Alpes, cerca de Estrasburgo. Están ahí impasibles cuidando sus enormes nidos, seguras de que nadie las molestará y que son de hecho propietarias del terreno y el paisaje bíblico que las circunda.

En la superficie, el dominio pertenece a los gatos de Chellah, que por decenas viven entre las ruinas y reposan como esfinges junto a los aljibes, herederos de incontables dinastías felinas que se han reproducido por milenios. A su lado picotean las gallinas y cantan los gallos de los modestos guardianes que habitan el lugar y dan al lugar un aire de familiaridad campestre. Otras cigüeñas anidan en los árboles cercanos y su estética presencia allí es una verdadera visión, como si estuviésemos en un delirio surgido de Las mil y una noches, confundidas ellas con los ramajes frente a las plácidas colinas adyacentes de un verde esencial.

Ahmed me cuenta con detalle estas historias en un francés bien aprendido y cuidado por este maestro de idiomas nacido en Yousufiya, un bereber sensible con alma de poeta, traumatizado por la muerte accidental de todos sus maestros aplastados por un camión lleno de ladrillos cuando iban a oficiar las pruebas de fin de curso. Décadas después no los olvida y los menciona invocando a Alá cuando salimos del lugar.

Después de la visión idílica de las cigüeñas de Chellah he querido ir de nuevo a la tumba de Mohamed V, deslumbrante lugar situado frente a la bahía central, junto a las ruinas de una enorme mezquita destruida también por otro terremoto, por lo cual el poder islamista abandonó la ciudad por Fés, antigua población situada al norte, que fue capital de Marruecos durante mucho tiempo.

En esta bahía se puede ver a un lado el pueblo de Salé y su mezquita y al otro un lugar que fue residencia de comunidades andaluzas y de corsarios, según me dice Ilyas, otro originario de Rabat. La tumba y la explanada donde se observan centenares de columnas testimonio de un desmesurado proyecto de mezquita medieval son el punto central de Rabat y la parte del minarete color ocre que resta nos indica que en el siglo XIV aquel edificio completo era un impresionante rascacielos del mundo entonces conocido, visto por los marinos desde la lejanía.

En muchos lugares se escucha la música andaluza y ratificamos entonces que esto fue junto con el sur de España dominio de la gran civilización de los Omeyas, reinantes sobre Córdoba y otras ciudades arábigo-andaluzas, de donde musulmanes y judíos sefarditas fueron expulsados en 1492 por los reyes católicos. Todos esos errantes se instalaron en Fés y otras ciudades del Oriente Medio como Damasco, Bagdad y Jerusalén, donde encontraron refugio. Y eso sin contar a los muchos que cambiaron de nombre y apellido para adoptar uno cristiano y viajar hacia la conquista de América.

Por eso al estar en Marruecos, en Fes, Casablanca, Mogador, Marrakesh, Agadir, Tánger y otras ciudades, uno, como latinoamericano, se siente en casa. Todo esto es familiar, pues en nuestra memoria profunda permanece impregnada la presencia de los ancestros errantes que habitaron estas tierras en la esquina norte de África, una encrucijada de los vientos y los mares que viaja rauda hacia el futuro.

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