Radicales libres

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Dore Ferriz 17/08/2014 01:45
Radicales libres

 

El peor enemigo habita en nuestro interior. Lucha en silencio. Pacta con el tiempo. Insistimos en ignorarlo y eso lo beneficia. Lo conocemos poco… ¡lo menos posible! Pero cuando libre su pertinaz lucha puede llevarnos a la muerte.

La creación está constituida por átomos. Hacen equipo en forma de moléculas que se alinean en pares por medio de electrones. Cuando uno de estos elementos no tiene dúo y permanece desocupado recibe el nombre de radical libre. Con la intención de recuperar su estabilidad electroquímica inicia su recorrido en nuestro organismo, en búsqueda de un electrón o una molécula que se pueda robar. Si lo consigue, rompe el equilibrio de esa molécula. La altera y la convierte en un radical libre, iniciando así un ciclo destructivo celular.

No todos los radicales libres son malos. Su producción orgánica natural es moderada. Cuando se mantiene así, lucha contra bacterias y virus, frenan los procesos inflamatorios y reafirman los músculos. Sin embargo, su exceso es el manantial de la fatiga y el envejecimiento.

El daño que provoca se administra en las membranas celulares. Altera su información genética y facilita el camino de las enfermedades. El deterioro, obviamente, lo subraya el tiempo. Si a eso le añadimos los factores externos que elevan su producción (contaminación, humo, productos químicos, grasas saturadas, radiaciones, rayos X, ultravioleta), el riesgo se vuelve inminente para la salud.

A los 30 años, las células perturbadas se manifiestan. La energía necesaria para cumplir con un día normal se merma. Se desencadenan inconvenientes cardiovasculares y afecciones respiratorias. Los primeros pasos radicales son la inflamación, la necesidad absoluta de lentes, neuralgias e incluso el desarrollo cancerígeno pulmonar y de la dermis.

El siglo XX logró contrarrestar su efecto biológico. Los científicos descubrieron su vacuna en ciertos nutrientes que actúan liberando electrones en nuestra sangre. Moléculas solteras que se comprometen con los radicales libres y se reconcilian en moléculas estables. Los “superantioxidantes” nos protegen. Los “Tres Fantásticos” son:

Vitamina E (tocoferol). Una grasa soluble que previene la destrucción de membranas celulares. Se encuentra en aceites de semillas (nuez, girasol, germen de trigo, almendras, avellanas y soya) el pavo, col, pimiento y espárragos.

Vitamina C (ácido ascórbico) La primera línea de defensa antioxidante. Se obtiene de la col, pimiento, tomate, fresa, kiwi, naranja, limón, mandarina, toronja, melón, guayaba y papaya, entre otras.

Carotenos. Una variante de la vitamina A. Combinada con la vitamina E, impide deterioros en las membranas celulares. Se encuentra en las acelgas, berros, lechuga, apio, pepino, tomate, calabacitas, zanahoria, col, espárragos, guayaba, mandarina, mango, tamarindo, así como sandia, uva y papaya.

Cuando sabemos que algo nos hace daño, no está de más cuidarse. Sobre todo si tenemos la oportunidad de revertir los efectos del reloj. ¡No hay pretexto! ¡Contamos con las armas para combatir esta guerra! ¡Podemos pelearla!

A finales de este siglo, el promedio de vida del hombre será de 120 años. La base de esta meta… la meta es eso que les cuento. Sumado a la genética, nuestro espejo podrá reflejar hombres de 80 años como si fueran chamacos. ¿Que no me creen? Sólo denle a esta lectura un poco de tiempo.

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