A mi mamá:

Gracias por el candor de tu amor y la humildad de tu excelencia

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Dore Ferriz 11/05/2014 00:56
A mi mamá:

Entre tus brazos, el tiempo se detiene. Liberas las raíces que me atan a la tierra porque me acercas a Dios. Rescatas la esencia de mi corazón. Y me envuelves de aire nuevo. Nos hacemos conjunto, equilibrio completo. En tu universo soy perfecta, aunque sé que estoy lejos de serlo. Pero es que ante tus ojos nunca he sido frágil ni ligera. Tibia o rara. Me has permitido desplomarme entre tus brazos y hasta levantas mis flaquezas. Como si vendaras mis errores con la imagen de un mundo que creaste para mí. Sólo contigo puedo cerrar los ojos segura de no tropezar.

¿Sabías que cuando me abrazas te huelo? Hueles... a la abundancia de tus dones. No es tu perfume. Ni esa crema antiarrugas que apesta a papaloquelite. Es tu magia que se impregna en mi alma. En tu ropa y la mía. En tus cajones, tu bolsa, tu casa y... mi intuición. Todo lo que en mí habita, lo perfumas. Lo llenas de razones. Has forjado mi alma con criterio bajo la lupa de tu ejemplo... Por eso, dudo que toda la filosofía del mundo pueda cambiarte el nombre. Eres mi pedazo de cielo en la Tierra. La inercia de mi almohada. El respeto que me tengo... y hasta mi rebelión. Mi base. Punto de partida y encuentro.

Lo poco que hay de bueno en mí lleva tu emblema. Mil veces al día te recorro con el pensamiento. “¿Qué haría mi mamá?”, cual catálogo de calma. Y es que sé que si pienso como tú, no puedo equivocarme. Me enseñaste a decidir bajo el principio del amor. En mí rige la confianza de tu trabajo, tus palabras.

Comerte demasiado (a besos) es mi vicio. Un poco para alimentar mi vida. Sé que se te tuerce el cuello y no te gusta que te aplaste el pelo. ¡Y sí, lo hago! Pero es que tu piel es tan suavecita... y un poco por molestar. Es que eres un hermoso ser que cuida mis sueños, mis metas. Tienes un encanto que revive mi voluntad y mi fe con convencimiento. Me determinas.

A mi edad es ridículo decirlo, pero me complazco de hacer y reinventarme bajo la custodia de tus consejos. Porque tu alma alcanza la sabiduría que yo no he logrado tocar. Eres clarividente. Pareciera que conoces el futuro... Aunque sé que lo has ido forjando para fundar mi cordura y estabilidad. Soy feliz mami, gracias a tu aprendizaje que nunca ha endurecido, a pesar del marco de tu vida.

Ahora, que soy madre, me he consagrado a tus prácticas, esperando emparejar el rumbo de mis hijos con el mío. ¡Porque me hiciste una mujer feliz! Sólo espero ser para ellos la misma música que representas en mis oídos. Poderlos educar bajo el mismo cielo azul. Reunir mi entrega en el mismo patio que plantaste la tuya. Recoger, con la delicadeza de tus manos, sus pensamientos para que afloren por encima de sus límites y el frío.

Gracias mami por la pasión de tu espíritu. Por el candor de tu amor y la humildad de tu excelencia. Por las noches en vela. Por tu entrega discreta. Por luchar contra el mismo viento, para conservar lo esencial de la vida. Lo más duradero... lo eterno.

Mi memoria se acumula de tu heroísmo. Aún recuerdo cuando soñábamos en voz alta y venos aquí. Con nuestros sueños en la mano convencidos de la aventura que contigo emprendimos de chiquillos.

Estas palabras son tan sólo la foto que mi espíritu tiene de ti. Hay voces que tendrán que permanecer calladas. Porque me hace falta la sutileza que el amor requiere para hablar. Pero sé que cuando te abrazo lo entiendes. Aunque no logre redactar todo lo que en mí provocas, el sentimiento no se escapa. Vive atrapado en esta alma que esculpiste para entregarle a Dios. Tan ardiente... que no necesita de un texto.

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