El té

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Dore Ferriz 27/04/2014 00:00
El té

Detrás de cualquier forma de alimentación humana hay una leyenda. El té no es una excepción. Corría el año 2737 a.C. cuando el emperador chino Sheng-Tun descubrió una bebida que se propagaría por el mundo. El emperador era un gran sabio de la herbolística y la salud. Mantenía el precepto budista de que el cuidado del cuerpo refleja al espíritu. Por eso, sólo bebía el agua hervida para purificarla. De hecho, obligaba a sus ciudadanos a hacer lo mismo. Un día, durante un paseo en el bosque, puso a hervir su agua a la sombra de un árbol de té silvestre. Sus hojas se mecían dulcemente con la brisa. Unas cayeron en su olla. El líquido se tornó marrón. Pero desprendía un aroma penetrante y muy agradable. Así, la primera infusión de té vio la luz.

En un principio el té sentó las bases de la medicina tradicional china. Tuvieron que transcurrir varios siglos para que se popularizara. La historia señala al té como un elixir.

Su auge acaecería con la dinastía Tang. Durante esta época, sus técnicas de preparación alcanzaron sistemas perfectos. Le añadieron distintos aromas o esencias frutales para lograr sabores diversos. El afán de la investigación de las distintas posibilidades del té llegó hasta la dinastía Ming. Su intenso comercio los obligó a inventar nuevos métodos de conservación. El primer cargamento de té llegó a Ámsterdam en 1610. En 1657, los cafeteros ingleses lo pusieron de moda. Su fama se debe a que su consumo no distinguió clases sociales. El primero en patentar una bolsita de té fue Thomas Lipton. El té helado fue inventado en la Feria Mundial de Saint Louis, en 1904, por Richard Blechynden. Como no conseguía vender el té debido al calor, lo mezcló con hielo. Y un dato que no puedo omitir: las sublevaciones, como el motín del té en el puerto de Boston, provocaron el inicio de la guerra de Independencia de Estados Unidos.

La palabra té tiene varias pronunciaciones de las cuales sólo dos se conocen en el mundo:“cha” y “té”. El té es un arbusto de entre uno y dos metros de altura que ha crecido de forma silvestre a lo largo de la historia. Actualmente se cultiva sobre terreno poco fértil. En Oriente es común encontrarlos en una maceta en la terraza.

Según el procesamiento que se le dé a la planta, puede ser preparado de cuarto formas. El té blanco que se obtiene de hojas jóvenes —no oxidadas—. Al arbusto se le debe proteger del sol, para evitar la formación de clorofila en las hojas. Para obtener el té verde, las hojas deben de ser cocidas al vapor y secadas apenas se recolecten, sino comienzan a oxidarse. (Como las enzimas oxidantes no actuaron, la hoja seca conserva su aspecto verde). Después se apisonan con el rodillo, se calientan y se vuelven a apretar hasta lograr la calidad deseada. El té negro resulta de hojas marchitas. La “oxidasa” transforma los compuestos de la planta, presentando una coloración marrón en la infusión. La fabricación del té negro comienza con la deshidratación —ya sea al aire libre o con aire caliente—. En seguida se exprime el jugo de hojas entre rodillos y se golpea para romper las hojas. Después se ciernen y se fermentan para lograr la calidad del producto final. Uno de sus derivados es el té rojo. El proceso de fermentación de esta variedad puede durar de dos a 60 años en barricas de roble. Así, las hojas alcanzan un color cobrizo. Las añadas —como en los vinos— indican la calidad de la cosecha anual. El té Pu-erh —o rojo— se adquiere en bolas compactas que se desintegran antes de su preparación.

El té es el fruto de la mezcla armoniosa de la naturaleza. El principio de la refinada sencillez del alma. Armonía, reverencia, pureza y calma. La cortesía y belleza de las cosas más sencillas de la vida. El estado pacífico deseable para la conexión más mística. El estandarte del budismo derivó en una bebida popular que nos iguala a todos

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