Techos verdes

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Dore Ferriz 16/02/2014 00:12
Techos verdes

Cinco de la madrugada, suena el despertador. Abro un ojo, literal, y deambulo hasta la cocina a prepararme un café bien cargado con leche de almendras. Aunque sigo dormida, tengo conciencia: no lo endulzo… aunque me gusta. Pero sé que si lo hago, me voy a formar un hábito que puedo evitar. En fin, conforme me lo tomo mi ojo izquierdo se va abriendo y mi cabeza se pone a trabajar. Entonces ya puedo irme a bañar y evitarme el coraje de ponerme shampoo dos veces… Pero esta vez no salía el agua caliente. ¡Ay, Dios mío! Veía el agua correr y el tiempo pasar. Y no es como que me despierte con holgura, como para darme el lujo de ir a ver qué pasa con el agua. La opción de irme sin bañar al trabajo pasó por mi cabeza… Pero yo no puedo hacer esas cosas, me siento muy incómoda. Me bañé con agua fría. ¡Hice coraje todo el día! Obviamente, lo primero que hice llegando a mi casa fue revisar el calentador, tinacos y tuberías, porque tampoco había presión. Y ahí me tienen cargando la escalera que, estoy segura, llega hasta las mismísimas puertas del cielo, trepándome al techo. No sé cuántos escalones subí, pero sí hablé con la virgen… Me mariposeó el estómago y creo que quería vomitar. Me dan terror las alturas… cada quien sus miedos. En fin, no me morí. Alcancé, sana y salva, mi temor. Luego vi el espacio. Enorme, libre. Aburrido y desperdiciado. “¡Voy a sembrar!”.

… Y en esas estoy. Primero quise ir a Xochimilco a comprar plantas. Pero vas haciendo números y se te va la lana. Entonces me acordé de cuando germinaba frijoles en la escuela. Ya saben el frasquito y el algodón mojado. Junté algunas botellas de agua y las corté para prepararlas. En eso me habló una amiga…  la típica pregunta: “¿Qué haces?”. Le conté mi historia. Resulta que lo estaba haciendo todo mal. La naturaleza tarda años en digerir el plástico, en cambio el papel rapidito se asimila. ¿Papel? “¿Cómo? ¿Me vas a poner a hacer cucuruchos de papel?”. Muerta de risa me explicó que los rollos del papel de baño sirven perfectamente. ¡Ah, maravillosa idea! Ahora me queda esperar a que se termine el papel…

Mientras tanto, empiezo a juntar semillas. ¿Cuántas cosas que sirven las tiramos? No me había dado cuenta. Pero ahora guardo las semillas de los limones y los aguacates. Reservo unos cinco frijolitos de la taza que voy a hervir. Lentejas… y así. Me siento como viejita obsesiva-compulsiva acumulando objetos que carecen de valor. Pero sé que en unos años voy a subirme al techo en lugar de ir al mercado. ¡Esto también se traduce en un ahorro importante! ¿Cuánto te gastas en comprar verduras? ¡Sale carísimo!

Luego me pongo a pensar (bravo) ¿qué pasaría si los mexicanos tomáramos este habito? ¡Muchísimas cosas! De entrada se le abrirían las puertas a la conciencia ecológica. También será un factor importante de ahorro familiar… Sólo imaginen. Todos los que viven con el salario mínimo. ¡Neta, apenas alcanza para la Maruchan! Pero si sembraran… ¡Podrían comer sopa de verduras! ¡Orgánicas! ¡Gratis!

No está tan difícil… Ahí está el techo. Su espacio es redituable. Puede darnos comida y oxígeno. ¿Por qué lo desperdiciamos? ¡Hay que usarlo! Adentrarnos. Investigar un poco… Para acercarnos al futuro. A la tierra. A los ciclos de la Luna y el Sol. Regresar a nuestra esencia. Ya no necesitamos ser hijos de agricultores para adquirir los conocimientos. Sólo hay que entrar a Google. Hoy es más fácil. Me imagino que en los años 50 la investigación tenía que ser más vecina. Pero hoy, ya no. Ahí está todo, en la red.

¿Habrá que hacer una campaña? ¡No creo! Eso de hacer espectaculares ya perdió sentido y credibilidad. De hecho sería hasta absurdo tener que compartir el mercado con las nuevas divas de la política… Sin entrarle a este circo, usemos las palabras. Los testimonios. ¡Pasa la voz! Apuéstale a México, a tu salud, bolsillo… ¡y techo!

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