Metamorfosis

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Dore Ferriz 05/01/2014 00:00
Metamorfosis

El roscón de reyes ya era costumbre en el principio de la cristiandad. En aquel entonces el modo de augurar un año dulce se manifestaba en el intercambio de higos, dátiles y miel. La usanza se transformó en pan. Sin embargo, el tiempo, las guerras y los diferentes rumbos que tomaron las civilizaciones debilitaron la tradición. Hubo quienes se rehusaron a extrañar el banquete y tener que recordar el aroma del pan, olvidando su sabor... quienes no se dejaron abrazar por la melancolía.

El paladar de las saturnalias romanas prevaleció, aun con la evangelización. Los alimentos de hoy son los mismos de ayer. Las tradiciones sólo han variado en contenido… ¡Gracias a Dios! Porque la sorpresa que se introdujo por primera vez en la torta fue para complacer al monarca Luis XV. ¿Se imaginan qué pudo haber sido?

Durante el siglo de las luces, la burguesía honraba al rey prestándole a su cocinero… más que por decoro, lo hacían por la gratificación. Si el chef complacía el paladar del monarca, ambos recibirían tierras o dinero. Entonces, resulta difícil asegurar quién fue quien sirvió ese preciso banquete de Epifanía.

El chef que resucitó la Galette de Rois y tuvo la idea de meterle una sorpresa pudo haber sido Vincent de La Chapelle —chef del conde de Chesterfield. Por su currículo resulta mi inclinación. Sin embargo, también pudo ser François Massailot —chef del marqués de Louvois—, o Menonmaitre d’hôtel del mariscal de Soubise… Exento de nombre, la tradición que hoy nos enjareta los tamales de la Candelaria empezó en Versalles.

¿Cómo complacer a un rey que lo tiene todo? ¿Cómo sorprenderlo? ¿Cómo “llegarle” a Vatel —chef del Rey Sol? La misión no era fácil. Cualquier cocinero que se parara en la cocina de Versalles tenía que ser innovador.

Cuenta la historia que el cocinero preparó un roscón tradicional de su tierra. Quiso agasajar al monarca, introduciendo un medallón de diamantes que compró gracias a la colaboración de otros miembros del servicio. Luis XV quedó encantado. Se dedicó a propagarlo entre la aristocracia francesa, pero con una moneda en su interior… No todos lo designan como el gran promotor. Muchos se lo confieren a Felipe V. Él lo llevó a España como culminación de las fiestas de Navidad. El pastel pasó de los nobles al pueblo llano. La sorpresa dejó de ser de gran lujo. El país y sus colonias (también México, el nuevo mundo) implantaron un haba. El afortunado sería rey por un día. En Francia, la figura del Rey Haba recayó sobre el niño más pobre de la ciudad.

La Iglesia cambió la alubia por un niño de barro. Con él se recuerda a las familias que escondieron a sus bebés en tinajas de harina, por culpa de Herodes —cuando se entera del nacimiento del rey que todos esperaban, manda matar a los niños menores de dos años. Actualmente, el muñeco se refiere al niño Jesús, que tuvo que ser escondido y protegido en aquellos días.

Según la tradición, la persona que recibe la figurita tendrá suerte todo el año. Al que le toca el haba, tendrá que pagar el postre. En México, quien adquiere el muñequito tiene la obligación de comprar los tamales el Día de la Candelaria.

La metamorfosis no sólo son los diamantes que hoy son niños de plástico resistentes al calor. También es la fuerza de las tradiciones. Está en su fondo y su forma, pero no en su contenido. Nunca fueron los diamantes los que sorprendieron. Fue el modo de encontrarlos. La espiritualidad reside en el encuentro... ¿familiar?... tal vez magnetizado por la Rosca de Reyes, aunado a la promesa de reencontrarlos el día de la Candelaria. Pero el verdadero encuentro es ese niño en nuestro corazón.

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