El exceso, Roma

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Dore Ferriz 08/12/2013 00:42
El exceso, Roma

Mientras tres cuartas partes de la población del Imperio romano subsistían a base de pan, queso y verduras, la aristocracia dilapidaba sus riquezas en banquetes tan impresionantes, que son difíciles de imaginar. ¡Existieron! La costumbre llego a semejante exceso que el emperador Augusto se vio obligado a legislar el tema y establecer límites a los gastos y fastuosidades. A pesar de su esfuerzo, la situación se le escapó de las manos. Se volvió un “culto” de abusos memorable: El emperador Calígula sirvió panes hechos con oro. Claudio y sus invitados pasaban la noche entera comiendo y bebiendo sin parar. El desquiciado Nerón servía banquetes que duraban hasta 20 horas y todavía caía a cenar a casa de amigos para exigirles ciertas excentricidades culinarias. El emperador Maximiano fue uno de los hombres más glotones de su tiempo. Fue capaz de devorarse 20 kilos de carne y 34 litros de vino en un solo día. Sin duda, de los más excéntricos en el asunto fue el emperador Heliogábalo. Se entretenía sirviendo platillos mezclados con perlas, oro o piedras molidas.

Fue un pueblo que llevó la ostentación al paladar. Plinio el Viejo registró que Roma tenía una pérdida anual de 100 millones de sestercios en arcas atiborradas de placer, gula y lujuria para el imperio.

El festín iniciaba realizando libaciones y sacrificios a los dioses de la casa y del anfitrión. La comida fuerte estaba constituida por cinco o más platillos. En su mayoría carnes con verduras, purés, especias y salsas.  La que más gustaba era el pescado. Su consumo fue tal, que se crearon estanques. Según Plinio, Gayo Hirrio fue el primero. Contribuyó con las seis mil morenas que Julio César ofreció para celebrar su triunfo contra los germanos. El amor por los pescados también derivó en excentricidades. Antonia, esposa de un rico senador, le colocó unos pendientes de perlas a la morena que más amaba.

Se pensaba que la comida hacía perder el sabor al vino. Las comidas eran tan fuertes, que ni los más valientes estómagos de nuestros días hubieran podido aguantarlas sin sentir asco. Los mejores vinos se tomaban al final. El vino o mulsum se servía caliente y era mezclado con miel y hierbas. Los que se servían en la segunda parte eran mezclados con agua. Tomarlo puro no era bien visto, porque se creía que el consumo prolongado llevaba a la locura —obvio...

Después de semejante cantidad de comida, parecería que a los comensales ya no les quedarían más ganas. Sólo se necesitaba una pluma y una habitación llamada vomitorium para liberarse del peso estomacal y no perderse de ninguna exquisitez. Según Séneca, “los romanos vomitaban para comer y comían para vomitar”.

Semejante práctica tenía como fin satisfacer la gula de los invitados para evitar rumores y habladurías. La imagen lo era todo. Los anfitriones corrían el peligro de ser ridiculizados si “se quedaban cortos”.

Estos banquetes se convirtieron en una muestra de estatus social y riqueza. El gastrónomo Apicio se suicidó al darse cuenta de que había derrochado toda su fortuna en satisfacer su insaciable apetito: “Después de gastar 60 millones de sestercios en su estómago, a Apicio sólo le quedaban diez. Una embarazosa situación, digamos, digna solamente, para satisfacer mera hambre y sed. Así, su última y más costosa comida fue el veneno... Apicio nunca fue más glotón que al final”. (Marcial, Epigramas III, XXII).

En nuestro tiempo, cada fin de año acariciamos el exceso. Nos quedamos empachados, endeudados, gordos, crudos. Nos llevamos al límite para luego darnos cuenta de lo cómoda que es la ¡bendita austeridad!

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