Elecciones europeas, ¿la prueba de ácido del proyecto comunitario?

La Unión está carcomida por una crisis de confianza y por el resquebrajamiento de su sentimiento de pertenencia.

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Columnista invitado Global 22/05/2014 00:00
Elecciones europeas, ¿la prueba de ácido del proyecto comunitario?

Rina Mussali*

Los ciudadanos de 28 países miembros de la Unión Europea (UE) serán llamados a las urnas del 22 al 25 de mayo para elegir a 751 eurodiputados, el nuevo reparto de escaños tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa y el ingreso de Croacia al bloque supranacional comunitario. En su octava elección desde 1979, estos comicios se inscriben en la “salida técnica” de la recesión, tras la peor crisis económica desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Las cartas credenciales que presenta la élite política europea —bajo los avances de la unión política, fiscal y bancaria— pero que todavía están lejos de traducirse en alivio y mejores condiciones de vida para la población. Sigue adelante el grito colectivo que se destaza en torno al desempleo y desempeño anémico de la economía.

Las elecciones europeas serán un referéndum sobre el proyecto comunitario, debido a la crisis multimodal que se engendró en el viejo continente: la crisis económica que se palpó en su versión fiscal, bancaria y de falta de competitividad y la crisis política debido a la celebración de elecciones anticipadas y la caída de gobiernos indistintamente del color de las banderas políticas de los partidos. ¿Acaso ya se nos olvidó el desplome de Papandreu en Grecia; Cowen en Irlanda; Sócrates en Portugal; Zapatero en España; Sarkozy en Francia; Berlusconi y Enrico Letta en Italia, y el primer gabinete de Mark Rutte en Países Bajos? Ante este patrón de acción política, la excepción fue Angela Merkel, la canciller alemana que consiguió su tercera reelección al frente del Bundestag.

En una cita que pone por delante el pulso político de la integración más ambiciosa del mundo, el establishment europeo no ha podido disimular su inseguridad: la Unión está carcomida por una crisis de confianza y por el resquebrajamiento de su sentimiento de pertenencia, precisamente la amenaza de que estos comicios se conviertan en el síntoma del descrédito europeo. La ciudadanía se aleja de los ideales comunitarios, favoreciendo las respuestas nacionalistas, proteccionistas y extremistas que encabezan los líderes antisistema, antiEuropa y antiBruselas. Marine Le Pen, en Francia; Beppe Grillo, en Italia; Geert Wilders, en Países Bajos; Nigel Farage, en Reino Unido, o bien Alexis Tsipras, en Grecia, son las caras más visibles de la eurofobia.

Frente al nuevo balance de poder en la Eurocámara se juega el rumbo y la dirección de la UE para los próximos cinco años. Los decisores tendrán que elegir entre más Europa o menos Europa para enfrentar los embates de la crisis, en un continente que ha visto ensanchar la fractura regional entre el Norte y el Sur; la Europa dividida entre los países acreedores y deudores, que también ha atestiguado otra crisis de gran calado: la falta de liderazgos nuevos que le apuesten a la construcción inacabada del proyecto europeo, el experimento geopolítico más importante del siglo XX. 

Bajo este coctel de crisis se asoma el fantasma del abstencionismo. Los ciudadanos europeos no le prestan mucha atención a estos comicios, que consideran menos importantes que las citas municipales o nacionales. Cada cinco años, la participación política es menor y priva un desconocimiento general de lo que está en juego con estas elecciones. Los resultados afectarán profundamente a los electores; las cifras señalan que dos terceras partes de las leyes que rigen la vida de los ciudadanos europeos provienen de la Eurocámara y no de los parlamentos nacionales, una realidad que también se vincula con otro pendiente colectivo:  ¿cómo conectar al ciudadano europeo con el proyecto comunitario y comunicar mejor los beneficios de pertenecer a la Unión?

El reflejo de todas estas catarsis se destila en la pérdida de posicionamiento internacional de la UE. Una menor talla y peso en los asuntos globales frente al ascenso del sur y las economías emergentes. Hoy se requiere de más Europa y no menos Europa para enfrentar a Washington y Pekín y para contrarrestar su déficit demográfico. Precisamente la crisis política en Ucrania es una llamada de atención a la élite política que trabaja alrededor de la glorieta Schuman en Bruselas, el desvelo que tendrá que enfrentar la cúpula del poder europeo, cuya transición se juega a partir de estas elecciones con la despedida de José Manuel Barroso, Herman Van Rompuy, Martin Schulz (como presidente del Parlamento Europeo) y Catherine Ashton.

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*Internacionalista.

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