Veinte años después del genocidio de Ruanda: lo que hemos aprendido y desaprendido

Los líderes mundiales deben hacer más por evitar lo inevitable y luchar contra la crueldad que se está cometiendo ante nuestros ojos.

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Columnista invitado Global 09/04/2014 00:00
Veinte años después del genocidio de Ruanda: lo que hemos aprendido y desaprendido

Ban Ki-Moon*

Hoy en República Centroafricana, el gobierno y los diri-gentes comunitarios están haciendo enormes esfuerzos por ayudar al país a encontrar la senda de la paz.

En Kigali, me sumé al pueblo de Ruanda para conmemorar el vigésimo aniversario del genocidio, cuyas reverberaciones aún se sienten en todo un arco de incertidumbre que se cierne sobre la región de los Grandes Lagos en África, y también sobre la conciencia colectiva de la comunidad internacional.

Cada situación tiene su propia dinámica. Lo mismo sucede con el conflicto en Siria, que cada día se cobra nuevas víctimas. Pero todas esas situaciones han planteado una compleja cuestión de vida o muerte: ¿Qué puede hacer la comunidad internacional cuando grandes poblaciones inocentes son masacradas y el gobierno no puede, o no quiere, proteger a su población, o es él mismo uno de los agentes de la violencia? Y, ¿qué podemos hacer para evitar que estas atrocidades siquiera ocurran?

Los genocidios de Ruanda y Srebrenica constituyen fracasos emblemáticos de la comunidad internacional. La magnitud de la brutalidad en Ruanda todavía horroriza: una media de diez mil muertes diarias, día tras día, durante tres meses, al son de emisiones radiofónicas cargadas de odio que inflamaban los ánimos e incitaban a los ruandeses a matarse entre sí.

Desde entonces, la comunidad internacional ha hecho importantes avances, actuando sobre la base de lo aprendido de estos horribles actos. Ahora estamos unidos contra la impunidad; muestra de ello es el establecimiento de la Corte Penal Internacional. Los tribunales internacionales y los que cuentan con la asistencia de las Naciones Unidas, incluido el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, promueven la rendición de cuentas y están teniendo un ostensible efecto disuasorio sobre quienes puedan pretender vulnerar las normas internacionales básicas. En una sentencia histórica, un antiguo jefe de Estado ha sido declarado culpable de crímenes de guerra.

La comunidad internacional ha hecho suya la “responsabilidad de proteger”; los Estados ya no pueden alegar que crímenes atroces sean un asunto interno que no compete a la comunidad internacional. Cada vez son más los gobiernos y las organizaciones regionales que están creando mecanismos específicos para prevenir el genocidio. Las Naciones Unidas y sus asociados envían con más frecuencia observadores de los derechos humanos a zonas conflictivas; son “ojos y oídos” que muestran a gobiernos y agentes no estatales por igual, que el mundo los vigila. Y, dado que estos crímenes requieren planificación, centramos la atención en los factores de riesgo, desde la falta de instituciones hasta los agravios no resarcidos.

También estamos actuando con mayor firmeza para proteger a los civiles, entre otras cosas, de la violencia sexual sin freno. Encarando el mantenimiento de la paz de formas resueltas se ha conseguido derrotar a una de las milicias más brutales en la zona oriental de la República Democrática del Congo. Las Naciones Unidas abrieron las puertas de sus instalaciones de mantenimiento de la paz en Sudán del Sur para proteger a decenas de miles de personas de amenazas mortales. Veinte años atrás, medidas semejantes habrían sido impensables. Hoy, es una política consciente, un ejemplo práctico de nuestra iniciativa “Los derechos en primer lugar”, una lección aprendida en Ruanda que se ha materializado. Las situaciones siguen siendo frágiles, pero la tendencia es clara: más protección, no menos.

No obstante, esta labor ha sufrido reveses periódicos. El fin de la guerra civil en Sri Lanka en 2009 condujo a decenas de miles de muertes y a la inacción y el silencio sistémicos de las Naciones Unidas. La comunidad internacional lleva más de tres años dividida en torno a la respuesta a la situación en Siria: ha proporcionado únicamente una pequeña parte de la financiación para asistencia humanitaria necesaria, y mientras tanto ha echado leña al fuego al proveer armas a ambas partes, creyendo equivocadamente en una solución militar.

El mundo necesita eliminar estos puntos ciegos morales. Los Estados miembros pueden tener definiciones encontradas del interés nacional, o negarse a asumir nuevos compromisos financieros o militares. Pueden sentirse arredrados por la complejidad y los riesgos, o preocupados porque las conversaciones sobre una crisis inminente en otros países tal vez puedan centrarse un día en sus propias situaciones. Pero el fruto de esta indiferencia y esta indecisión es claro: el derramamiento de la sangre de personas inocentes, sociedades destruidas y dirigentes a quienes lo único que queda es decir “nunca más” una y otra vez, gesto que en sí mismo es señal de fracaso continuo.

La República Centroafricana lleva todo el decenio pasado luchando porque el mundo tome conciencia de las dificultades que la afligen, y en el último año ha sufrido el colapso del Estado, un descenso a la anarquía y cruentas matanzas que han infundido terror y han desatado un éxodo. Se está explotando la identidad religiosa en la lucha por objetivos políticos, amenazando una larga tradición de coexistencia pacífica entre musulmanes y cristianos.

Hago un llamado a la comunidad internacional para que preste el apoyo militar que hace falta con urgencia para salvar vidas, volver a poner a la policía en las calles y permitir que la población regrese a sus comunidades. La Unión Africana y Francia han desplegado tropas, pero los esfuerzos de la Unión Europea por poner en marcha una fuerza han resultado infructuosos hasta la fecha. Igualmente urgente es iniciar un proceso político en el que la reconciliación ocupe un lugar prominente. Cualquier nueva propagación de la violencia tal vez envuelva a la región entera.

Cuando el desmoronamiento de un país es tan profundo, la situación puede parecer insalvable. Sin embargo, la historia nos demuestra lo contrario. El apoyo sostenido de la comunidad internacional ha ayudado a Sierra Leona y Timor-Leste a operar transformaciones espectaculares. Ruanda ha logrado avances notables en materia de desarrollo, y otros países han curado sus heridas después de haber sufrido una violencia atroz. La República Centroafricana puede emprender la misma senda. Seguiré apoyando al gobierno para ayudarlo a trazar un rumbo que sirva para construir el país estable y próspero que sus recursos y tradiciones pueden hacer posible.

En Ruanda visité el monumento a las víctimas del genocidio y rendí homenaje a las víctimas, igual que he hecho con otras tragedias que han asolado el mundo, desde Auschwitz y Camboya, decenios atrás, hasta otras contemporáneas. La comunidad internacional no puede declarar que le importan estas atrocidades y después no comprometer los recursos y la voluntad necesarios para prevenirlas. Los líderes mundiales deben hacer más por evitar lo inevitable, y luchar contra la crueldad que se está cometiendo ante nuestros ojos.

En todo el mundo debemos ponernos en lugar de los vulnerables, de Siria a la República Centroafricana, y preguntarnos qué más podemos hacer para construir un mundo donde los derechos humanos y la dignidad sean para todos. Hagamos ver a quienes sufren terribles amenazas que no están solos ni abandonados, y que el auxilio que necesitan está en camino.

*Secretario general de las Naciones Unidas.

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