El TLCAN y el regionalismo abierto

Causó una integración económica mucho más profunda que la esperada...

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Columnista invitado Global 02/01/2014 00:48
El TLCAN y el regionalismo abierto

Chris Wilson y Duncan Wood*

Con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte cumpliendo 20 años, es un buen momento para reflexionar y mirar hacia el futuro de la región y su lugar en la economía mundial.

Antes que nada, hay que reconocer que el TLCAN fue un acuerdo de libre comercio de primera generación, pensado en el mundo de los años 80 y por eso fue bastante limitado. El TLCAN eliminó la gran mayoría de las barreras arancelarias y fijó una serie de protecciones para la inversión. Con estas medidas, el TLCAN fue bastante exitoso en alcanzar su meta básica de incrementar los flujos de comercio e inversión. Hoy en día, México y Estados Unidos intercambian más de 500 mil millones de dólares en bienes y servicios cada año, más de cinco veces la cantidad de comercio que había antes del TLCAN. De igual forma, los dos países tienen inversiones directas bilaterales que suman seis veces sus niveles pre-TLCAN.

Pese a todo el éxito logrado en facilitar el comercio, el TLCAN no alcanzó las expectativas de muchos en México y Estados Unidos. Antes de ser firmado e implementado, líderes de los dos países insinuaron que el acuerdo automáticamente transformaría a México en un país desarrollado y que así resolvería el problema de migración indocumentada. Pero el TLCAN nunca fue un plan integral de desarrollo de la región y por lo mismo no podía alcanzar esas expectativas.

A pesar de todo, el TLCAN tuvo un efecto que no fue previsto por muchos. Causó una integración económica mucho más profunda que la esperada en el sector manufacturero, facilitando la creación de cadenas de abastecimiento binacionales (y a veces trinacionales con la inclusión de Canadá). Ahora México y Estados Unidos no simplemente intercambian bienes sino los crean juntos, intercambiando los materiales e insumos utilizados en el proceso de manufactura. Esto significa que los productos finales exportados por México o EU contienen muchos componentes del otro y de esa manera benefician a las economías de los dos países en una forma importante. Trabajamos como socios comerciales manufacturando productos estadunidenses que compiten con exportaciones asiáticas y europeas en el mercado global.

Es precisamente este sistema de la comanufactura de productos que nos exige hacer más. El TLCAN, por todo lo innovador e importante que era cuando fue firmado, poco a poco ha perdido su relevancia. Para entender qué está pasando con el TLCAN, podemos visualizar las preferencias arancelarias que el TLCAN abrió entre México, EU y Canadá como la excavación de un canal. Con la gran mayoría de los aranceles para comercio dentro de Norteamérica en cero y los aranceles con países fuera del continente bastante altos, el canal fue profundo y facilitó el comercio y la creación de cadenas de abastecimiento regionales.

Pero el mundo ha cambiado. México y EU han firmado más de 20 acuerdos de libre comercio adicionales, abriendo una red de canales que cruza el mundo, haciendo el  tratamiento especial del TLCAN un poco menos especial. Además, varios de esos nuevos acuerdos incluyen temas como comercio electrónico y flujos de datos que no eran importantes en los principios de los 90 cuando negociaban el TLCAN. Es decir, estos nuevos canales son aún más profundos, es decir brindan más beneficios que el TLCAN.

La erosión del tratamiento especial del TLCAN pone en riesgo las industrias que dependen de cadenas de producción binacionales. Incentiva la importación de insumos y productos finales de afuera de nuestra región.

Hay dos respuestas potenciales frente a esta situación. Podemos ponernos a la defensiva, obstaculizando la liberalización del comercio en el mundo. Esto mantendría intacto el sistema de coproducción, pero significaría que los consumidores pagarían más por casi todo y que los mercados más dinámicos en el mundo quedarían relativamente cerrados a nuestras exportaciones.

La otra opción es aceptar el reto de mayor competencia global y hacer de Norteamérica la región más competitiva del mundo. Para hacer esto, necesitamos ampliar y profundizar la integración económica regional. En esta opción, la cooperación entre los gobiernos será fundamental, pero también la de las empresas y la sociedad civil. Tenemos que reconocer que nuestra región económica-geográfica nos ha proporcionado beneficios en cuanto a recursos naturales e humanos que nos ubican entre las regiones más competitivas del mundo. El costo bajo de la energía, una población joven y móvil y grandes inversiones en educación, innovación e investigación nos han preparado bien para este reto. Pero también tenemos que hacer más eficientes nuestras fronteras, donde infraestructura inadecuada, procesos aduanales complicados y largos tiempos de espera para cruzar, imponen un costo bastante grande en las industrias regionales. Además, tendremos que invertir todavía más en infraestructura e investigación, en sistemas de educación y salud, y resolver las grandes ineficiencias en el mercado laboral a nivel regional.

Ahora es el momento para que México, EU y Canadá celebren un regionalismo abierto y de tomar las acciones necesarias para fortalecer nuestra economía compartida. El Acuerdo Trans-Pacífico, que está siendo negociado por doce países en la cuenca del Pacífico, incluyendo México, Canadá y EU, nos ofrece una manera de abrirnos más al mundo, y deberíamos buscar caminos para involucrar a más países. Los avances recientes de la OMC nos sugieren que, después de 12 años de estancamiento en las negociaciones, por fin es posible imaginar un acuerdo a nivel mundial. Si hacemos lo requerido, podemos no sólo disfrutar de un futuro más próspero, pero también ofrecer un ejemplo a seguir para la economía mundial.

*Mexico Institute Woodrow Wilson International Center for Scholar

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