La costumbre de quienes sólo practicaron el silencio

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Clara Scherer 25/04/2014 01:04
La costumbre de quienes sólo practicaron el silencio

Victoria Ocampo, brillante literata nacida en Argentina, en abril de 1890, habla sobre esa extraña forma de conversar de los hombres, especialmente cuando se dirigen a una mujer. Inician diciéndole “no me interrumpas” y entonces, lanzan una muy larga perorata sobre cualquier tema. Por ello, las mujeres aparentemente, han sido quienes practicaron esa muy extraña costumbre: el silencio, por los siglos de los siglos.

“La relación entre hombres y mujeres —dijo en La mujer y su expresión— ha sido a lo largo de la historia humana un incesante monólogo masculino que las mujeres no se atreven a interrumpir (y si lo interrumpen con alguna respuesta, no logran sacar al varón de su ensimismamiento)”. Y a pesar de todos los años transcurridos desde que lo dijo, parece que seguimos por el mismo camino. Ya estamos casi en igualdad numérica en el Congreso, pero las decisiones importantes las toman los tres hombres que encabezan las bancadas de los partidos mayoritarios, por ejemplo.

De ese caso, el Congreso, como en todos los otros espacios, Victoria afirmó: “No se trata de que la mujer ocupe el puesto del varón, sino de que ocupe por entero el suyo, para ser, ante todo frente a sí misma, lo que debiera ser: una ser humana con derechos”. En México, el Poder Judicial y el Ejecutivo, por supuesto que requieren de la presencia y la voz de muchas más mujeres.

Victoria se refiere a la literatura, pero su idea es válida para cualquier otro espacio: “Y es a la mujer a quien le toca no sólo descubrir este continente inexplorado que ella representa, sino hablar del hombre, a su vez, en calidad de testigo sospechoso. Si lo consigue, la literatura mundial (y también cualquier otra esfera) se enriquecerá incalculablemente, y no me cabe duda de que lo conseguirá”.

Y empieza a hablar del hombre, en su calidad de testiga sospechosa: “Si el monólogo no basta a la felicidad de las mujeres, parece haber bastado desde hace siglos a la de los hombres. Por lo tanto, el hombre se contenta con hablarse a sí mismo y poco le importa que lo oigan. En cuanto a oír él, es cosa que apenas le preocupa”. Esta otra costumbre es también muy extraña: no escuchar ni siquiera escucharse. Y una de sus ideas más deslumbrantes: “Por libertad, nosotras, las mujeres, entendemos responsabilidad absoluta de nuestros actos y autorrealización sin trabas, lo que es muy distinto (a esa patraña llamada libertinaje). El libertinaje no tiene ninguna necesidad de reivindicar la libertad. Puede una entregarse a él siendo esclava”.

En su ensayo sobre La mujer y su expresión, termina diciéndonos: “Quisiera que la suma de nuestros esfuerzos, de nuestras vidas, el noventa y nueve por ciento de las cuales permanecerán oscuras y anónimas, haga inclinar la balanza del lado bueno. Del lado que hará de la mujer un ser enriquecido, al que le sea posible la expresión total de su personalidad (no sólo su expresión fisiológica); del lado que hará del hombre un ser completado a quien ya no le baste el monólogo y que, de interrupción en interrupción aceptada, llegue naturalmente al diálogo”.
Lo estamos logrando.

                *Licenciada en pedagogía y especialista en estudios de género.

                clarasch@hotmail.com

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