¡A callar!

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César Benedicto Callejas 20/04/2014 00:06
¡A callar!

En tiempos de mis estudios secundarios, disfruté de la amistad de un profesor peculiar; a esa edad, en la que los chicos necesitan tanto un mentor como un líder, mi profesor de matemáticas —que no nos dejaba usar calculadoras, pero sí el Soroban, el mítico ábaco japonés — aparecía como un pequeño dictador, no me atrevería a decir fascista o algo semejante, pero sí alegre dominador de su tropa casi infantil. Su frase favorita era “¡A callar!”, antes de gritarla desaforadamente por primera vez, para espanto de todos los estudiantes, explicó su sentido para que fuera irrebatible. El profesor nos hacía callar porque él tenía algo más importante que decir, porque si no callábamos, no escucharíamos la verdad que tenía que decirnos; el suyo era el ámbito de la verdad, que se traducía en nuestro bien, y el nuestro el del error y la ignorancia, que conduciría, irremisiblemente, a la perdición; en aquellos días, dar un varazo a un alumno era socialmente aceptable en algunos sistemas educativos, y la advertencia era la misma: no te muevas porque quiero corregirte y no lastimarte.

Esa misma lógica fue la de la Inquisición; al procesado por el brazo secular, se le imponía la penitencia de la cárcel perpetua, del silencio y el sambenito, y aun de la hoguera, por su propio bien. A callar que había alguien que conocía la verdad y la razón y se esforzaba para que, por la prohibición y la penitencia, el hereje alcanzara la libertad y la salvación; no pocas veces ambos beneficios venían envueltos en una mortaja.

No es otra la lógica del fascismo, si nazi por el ascendiente étnico: existieron casos en el periodo nazi de judíos o gitanos que se suicidaron por considerar que la razón asistía a los que se decían arios; si franquista por la religión y la lengua, hay familias catalanas y vascas que olvidaron su lengua vernácula por puro terror. No es otra la lógica de quienes hoy suponen que tienen la razón y hacen presión y violencia no para ser escuchados, sino para impedir que otros ejerzan sus libertades.

La lógica prohibicionista de los que se oponen a que otros ejerzan sus derechos consagrados por la ley es lo que destruye las libertades, la tolerancia y la convivencia pacífica, porque parte del principio de que quien piensa distinto, vive en el error, mientras que los que pasan por generosos poseedores de la certeza, viven en la verdad; en realidad, sostendría en cualquier momento que todos tenemos nuestra pizca de verdad, pero lo más grave estriba en las atribuciones de los que se creen con una verdad tan fuerte, que es digna de suprimir las ajenas.

Aplaudo y celebro a quienes educan a sus hijos en esas certezas que dan tranquilidad por ser absolutas, no me gustaría vivir en un país donde ese tipo de educación estuviera prohibida, ni haría nada porque se prohibiera, aunque no me parezca correcta. Yo, por mi parte, en mi esfera de libertad intocable, educo a mis hijos en el respeto a las ideas ajenas y en el límite que marca la ley y el derecho de los demás. Resulta grave el mensaje que aportan quienes se sienten dueños de las verdades, sus actitudes no exigen atención o diálogo, sino representan un profundo odio por ese mundo de libertades y de derechos que disfrutan aun quienes no creen en ellos.

Hace unos días, me hicieron el favor de invitarme a dar una plática sobre los toros en la literatura; cuando se publicó en medios tan nefanda idea, las amenazas —que me darían muerte como el torero al toro, eso sí, expresadas con mucho respeto y por mi bien— no se hicieron esperar, las autoridades de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM suspendieron el evento y en ello no encuentro defecto, nuestra comunidad es frágil y volátil, no tenemos otra defensa que la prudencia frente a la intolerancia. Pero hacer presión para que otro no diga lo que piensa, eso me parece más peligroso e incomprensible que el peor error que pueda cometer quien actúa, por inmoral o nefasto que parezca, al amparo de la ley y de nuestras libertades.

Digamos con la cultura popular de comer y caminar, el problema es empezar.

                * Profesor investigador UNAM

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