El Hitler de Vermes

Nos hemos olvidado de los políticos como titulares de la conciencia colectiva...

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César Benedicto Callejas 13/04/2014 03:50
El Hitler de Vermes

En 2013, apareció Ha vuelto, de Timur Vermes. La anécdota es ingeniosa: un día de 2010, Adolf  Hitler despierta en un parque de Berlín, se sacude las hojas que lo han cubierto desde 1945; al principio, supone haber dormido unos minutos, conforme pasan los días y se relaciona con el mundo, sus andanzas lo llevan hasta la televisión, donde ocupa el lugar de cómico político y emprende, de nuevo, la conquista de la conciencia alemana.

Uno se entusiasma con la broma, y cómo no, reducimos a la carcajada nuestros temores para hacerlos domeñables; nos entusiasma su esfuerzo por mantener viva su imagen de líder, se presenta siempre sin tapujos, dándose a conocer como el Führer; toma de la realidad aquellos aspectos que le parecen útiles, sin mayor esfuerzo, se da cuenta de cuánto ha avanzado la sociedad liberal en el dominio de los ciudadanos y de lo que, a buen recaudo, podría haber sido potenciado en bien del Tercer Reich, comprende cuán cobarde se ha vuelto nuestra sociedad, cuán blanda se ha tornado y, a fin de cuentas, lo laxa y ridícula que aparece frente a los ojos de una ideología de viejo cuño.

Una luz amarilla se prende en nuestras conciencias; hay algo que no marcha. La sonrisa se nos hiela porque estamos siendo expuestos a nuestros defectos, los que nos vienen por la inmediatez informativa, por la velocidad de los procesos y por nuestra ausencia crítica frente a un mundo cada vez más cómodo. La explicación de Arendt ha calado hondo en nuestra conciencia: los genocidas son simples burócratas eficientes, porque tememos aceptar que frente a la banalidad del mal, se alza la credibilidad del mal.

En la medida que adoptamos nuevos eufemismos, que nos desgarramos las vestiduras por un espectáculo de tauromaquia —al que nadie está obligado a asistir— y no decimos nada frente a los casi tres mil huérfanos que dejó la guerra del narco y que nadie puede adoptar, en esa medida, aceptamos los presupuestos del nuevo Hitler, que sabe que el liderazgo al que se debe ha de ser completamente amnésico, que no importan ni los hechos ni los datos, sino aceptar responsablidades, dar respuestas inmediatas y asumir las responsabilidades inherentes a su carácter providencial. Vamos destruyendo con temor los espacios de las libertades ciudadanas, nos aterramos si se habla de feminicidio, pero celebramos alegremente la publicidad machista que parece cosa pasajera y sin sentido, cuando en realidad es una mancha en la conciencia.

Nos hemos olvidado de los políticos como titulares de la conciencia colectiva, hemos perdido la fe en la representación porque casi no encontramos a nadie que sea digno de ella, aún después de las elecciones. Es ahí donde se cuela la sombra del hombre del bigotito, él lo ofrece todo: liberarnos de nuestras dudas y penalidades, nos exige apenas renunciar al caos que convive con la democracia, para dejar en sus manos la providencial presencia de quien tiene las respuestas y nos lleva a buen puerto, sólo mediante sus esfuerzos y su contacto absoluto con la divinidad encarnada en el destino.

La luz se torna roja, no estamos en presencia de una broma, sino de una tragedia en ciernes cuando Hitler se rehusa a hablar de los judíos porque no es un tema alegre; porque a nadie le interesa oír hablar de dramas y cosas desagradables, apenas nos contentamos con parecer medianamente informados, apelando a la conciencia individual, al dolor personalísimo, queremos aparecer como paladines humanitarios, pero dejamos de fondo el problema sin resolver, dejamos que el huevo de la serpiente se siga incubando, pero ponemos un foco tibio para que la serpiente no muera de frío. Nos pintamos de colores tolerantes, pero seguimos temiendo que los homosexuales se apoderen del mundo; aceptamos cualquier religión, pero nos repugnan los ateos y seguimos pensando que existe la conspiración judeomasónica universal.

Una tarde, un grupo de neonazis propinan una paliza al Führer, acusándolo de rata judía, traidor y todos los epítetos que bien conocemos al día de hoy, por cuanto el espectáculo de la legislatura nos ha llenado de vendepatrias, hijueputas, emisarios del pasado y demás fantasmagóricas locuras; al final, nada le ha sentado mejor al viejo estadista convertido en cómico de televisión, es ya un mártir; la paliza no lo deja completamente fuera de combate, pero lo recluye en el hospital por una temporada, donde recibe el afecto y el apoyo de todas las fuerzas políticas alemanas; de ahí en adelante, un solo paso al liderazgo de la nueva Alemania que ya ha dibujado en su conciencia, tal y como él mismo lo dice: “Me presentan a mí y se inspiran en los carteles de antaño... También ha propuesto una nueva divisa... El eslogan reza así: ‘No todo fue malo’… Con eso se puede trabajar”.

                *Profesor investigador. UNAM

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