La muerte de los poetas

La guerra no es nunca un método ni una estrategia, la guerra se vuelve un fin en sí mismo...

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César Benedicto Callejas 02/03/2014 02:25
La muerte de los poetas

Rafael Alberti decía, sobre las palabras y la guerra, “qué dolor de papeles que ha de barrer el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua”, porque en el fondo, la guerra se hace contra las palabras, contra las razones y los argumentos; los totalitarismos, autoritarismos y las guerras son la suma de ambos extremos, aun cuando ésta se cause o se dirija desde una democracia. La guerra no es nunca un método ni una estrategia, la guerra se vuelve un fin en sí mismo, una especie de monstruo viviente que toma su propia fuerza y su propia espiral de odio y destrucción con lógica —si es que puede llamarse de esa manera—, independiente de los contendientes y de los resultados; Edmund Blunden, el poeta inglés asesinado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, decía que ningún ejército habría ganado la guerra ni podría ganarla, que la guerra había ganado.

Por eso son particularmente dolorosas las muertes de los poetas en los conflictos bélicos, porque si no es a ellos, a quién podríamos dirigirnos en busca de belleza en medio de la destrucción, a quién implorarle las palabras que nos hablen de la memoria antes de la sangre y el fuego, a quién pedirle que sueñe la esperanza del mundo que vendrá cuando se levanten las ciudades desde las ruinas de los bombardeos y los campos barridos de napalm puedan de nuevo dar frutos.

La insurrección franquista se llevó a Miguel Hernández y a Federico García Lorca, a Antonio Machado, eso sin contar a los muchos que tuvieron que morir fuera de su patria; las dictaduras latinoamericanas se ensañaron con los poetas, mataron de tristeza a Neruda y de bala a Víctor Jara; la Primera Guerra Mundial se llevó a Edward Thomas, a Rupert Brooke, a Isaac Rosenberg, a Wilfred Owen, a Francis Ledwidge, a Julian Grenfell, a Charles Sorley y a T. E. Hulme. El estalinismo, en una sola noche alucinante, asesinó a las más diáfanas plumas en lengua yiddish de la Unión Soviética: Markish, Hofstein, Fefer, Kvitko, Bergelson, Zuskin, Talmy, Vatenberg y Emilia Teumin; pero si algún gran enemigo tiene la palabra es sin duda el fascismo, el propio fenómeno nazi es un enorme silencio para oprimir la palabra, dede la pequeña cronista Anne Frank hasta Franz Hessel, Max Jacob, Janusz Korczak, Arno Nadel, Irène Némirovsky, Bruno Schulz, asesinado a tiros en plena calle, y David Vogel, todos ellos muertos en campos de exterminio o en salas de tortura o fusilados a media calle, ellos, más los que no pudieron con los estigmas de la violencia y la segregación, se suicidaron por las huellas implacables de sus verdugos, como Walter Benjamin, Primo Levi, Ernst Weiss y Stefan Zweig.

Ningún poeta canta la grandeza de la guerra ni la belleza del combate, al contrario, cantan lo que se ha perdido: las tardes de sol y esperanza y el retorno de la amada; los valores por los que vale la pena apostarlo y aun perderlo todo: la libertad y la justicia, por ejemplo, pero no los campos sembrados de muertos infértiles. Los poetas no cantan la destrucción sino la vida, por eso resplandece el libro de Remarque, Sin novedad en el frente, como el alegato contra el belicismo y el derecho de los hombres a vivir y morir en paz.

Acaso sea que tanto la guerra de España contra el fascismo y la rebelión, así como la defensa de la cultura occidental frente al totalitarismo encarnado en los nazis, las revoluciones latinoamericanas contra sus férreas y violentas dictaduras y las guerras contra el colonialismo europeo enfrentaban valores y formas de visualizar el honor y, por eso, a la distancia centenaria y casi centenaria, aprendimos a leer su épica y a visualizar su enormidad heroica, perdemos de vista que, en el fondo, todo conflicto armado es una vergüenza enorme, una pérdida absoluta y la negación de nuestra razón como especie civilizada.

Volvamos al lamento de Alberti frente a la crueldad y el desamparo de la guerra, a su visión del mundo vuelto al revés, dejando mostrar sus más horrendas costuras, a Alberti decir, como todos los poetas que no vieron el final de los conflictos que los volvieron víctimas: “Siento esta noche heridas de muerte las palabras”.

                *Profesor investigador UNAM

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