Libros que duermen

La biblioteca no es un banco de información, sino un cofre de tesoros humanos.

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César Benedicto Callejas 29/12/2013 00:00
Libros que duermen

Para Almudena y Gonzalo

 

A veces pienso en los libros que duermen en mi biblioteca y que nunca mis ojos volverán a despertar. Pienso en mi ejemplar, viejo casi como yo mismo, de Auto de fe, de Elías Canetti, y el otro día, cuando leía Tela de Seboya, de Miriam Moscona, y su tío recordaba su amistad infantil con Canetti; busqué el ejemplar y lo ojeé, sólo para recordar que ahí está, que ahí estará y, como mío que es, tiene mi ex libris que canta “viva mi dueño”. Tal vez sea la última vez, y la próxima que ese ejemplar de Bruguera, comprado en una librería de usado en Donceles, vuelva a ver la luz, lo haga en presencia de los ojos enormes de mi hija o de los ojos siempre asombrados de mi hijo. Pero ahí estará, porque las bibliotecas sólo tienen sentido si uno entiende que no se hacen para uno, sino para los que vienen; las bibliotecas sólo se comprenden cuando se asemejan a continentes que, para recorrerlos, hace falta más de una vida.

Libros hay que esperan décadas para ser leídos; alguno que compré cuando era niño y pensaba que podía leerlo todo, Los cuatro viajes del almirante y su testamento, de Cristóbal Colón, en aquella mítica colección Austral, que, con Sepan cuantos…, hicieron las delicias de mi era de lector paupérrimo atenido a las propinas de mis padres, tuvo la paciencia de esperarme 30 años hasta que lo leí fascinado y lo usé para mi tesis doctoral; las bibliotecas son así, depósitos de anhelos y de fantasías, de aventuras y reflexiones. Ninguna pregunta es más absurda que inquirir: “¿Los has leído todos?”, como si la biblioteca fuera un tiradero de los libros usados; al contrario, la biblioteca es una apuesta, por textos, por palabras y por ideas, por cosas sin sentido y por otras que tienen el sentido de nuestras vidas. Libros hay también que no fueron escritos para nosotros; otros, que cayeron en nuestras manos en un momento equivocado, como los amores a destiempo que esperan y pueden morir esperando el instante adecuado.

La biblioteca no es un banco de información, sino un cofre de tesoros humanos; por eso son inmortales las bibliotecas; por eso nada puede sustituirlas, porque son el recuento de la vida y aunque no tengamos nunca el tiempo para revisitarlas por completo y muchos libros hayan de guardar silencio por décadas y acaso por vidas enteras, se quedan ahí resguardando nuestros secretos y obsesiones, las cosas que a nadie diríamos y de las que guardamos el rubor, la fortaleza, la picaresca y a veces la vergüenza. Ahí está y no he vuelto a ver desde hace décadas mi ejemplar de Memorias de Fanny Hill, de aquellas ediciones de EDESA, que venían con una sencilla pasta dura con letras doradas, en hojas blanquísimas, esos cuyo precio era accesible a todos y que traían también cubiertas decoradas con dibujos de mediano gusto, libros deliciosos inencontrables en otras editoriales, ése, mi Fanny Hill, que acompañó mis tormentosos días de despertar sexual y que para comprarlo tuve que disfrazar de otro texto para no pasar semejante vergüenza frente a la cajera de un supermercado.

Tesoro inmenso compuesto por pequeños tesoros llenos de recuerdos, ediciones firmadas por autores o por amigos entrañables que uno guarda mejor que todo aquello que más deseamos y por lo que daríamos lo que tenemos; dedicados de Saramago, de Ernesto Cardenal, de Carlos Fuentes; libros que retratan nuestros mejores días; aquel Un libro levemente odioso, que me trajo Carlos Dada desde El Salvador, cuando Dada era mi carnal Carlitos y antes de que se convirtiera en el periodista que ahora tanto admiro.

Que la biblioteca me haya echado de casa en dos ocasiones no quiere decir nada, sino que he vivido; que cada día me prometa que no compraré más libros mientras no termine los que tengo pendientes y aunque me jure volver a los frugales días en que no tenía libros por leer, sino que los compraba como quien compra el alimento cuando tiene hambre. Seguiré honrando mi biblioteca porque no es mía, porque es también de mis hijos y que la visitan y la quieren; porque ya es de mis nietos, que todavía no nacen, y que será de miles cuando el destino ordene que sus integrantes se vean separados.

Pienso así en todos esos mis viejos amigos, que me han hecho la vida, que me la han cambiado y transformado, que me esperan todas las noches y que aguardan mudos durante años para aparecer, jocundos, cuando mi mano vuelve a tocarlos. Esos, mis libros, en sus estanterías de madera construidas con encanto y con ilusión; esos, los que me han hecho vivir más que la vida. Ahí Bella del Señor, de Albert Cohen, que, con En busca del tiempo perdido, me hizo entrar en la vida adulta. Esa es, pues, mi biblioteca, corazón de mi hogar y de mi tiempo. Pienso en los libros que he leído y que viven conmigo y que, acaso, tal vez nunca más, vuelva a posar en ellos mis ojos.

                *Profesor investigador. UNAM

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