Amamos tanto a Gabo

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Cecilia Soto 21/04/2014 01:40
Amamos tanto a Gabo

Aunque hay algunos proyectos de recuperación del centro de Río de Janeiro, todavía subsiste una  gran parte vieja y decadente, con callejuelas y edificios que se sostienen de suspiros y de desafíos a Newton, como si en esa parte bella, aunque desordenada y hasta sucia, no funcionara la ley de la gravedad. Fue una de esas callejuelas la que ganó una nota escondida en la sección Ciudad de O Globo, el periódico carioca por excelencia. Generalmente, la escudriñaba para encontrar obras de teatro o espectáculos,  como aquel de João Gilberto en el que, para deleite de la embajadora de México, afirmó ante un auditorio pletórico que su canción favorita era Farolito, de Agustín Lara.

La nota, pequeña y sólo visible para los que habíamos leído El Principito a cada cambio de edad, no excedía los tres párrafos, pero ¡qué historia escondía! El edificio de un pequeño hotel en la zona céntrica de Río se había derrumbado, así, de repente, de cansancio, de viejo, de vigas de madera carcomidas, de cálculos estructurales mal hechos o de demasiado amor, así como en el final medio cursi de Como Agua para Chocolate. Vaya usted a saber.

No recuerdo el nombre del hotel y quizá ésa fue mi falta, porque los nombres de los hoteles para los encuentros amorosos en Brasil, y especialmente en Río, compiten en gracia. El nombre favorito es el de uno que está a la salida de Río, Amar no es Pecado,  así que siempre que viajaba por la avenida  Oscar  Niemeyer, rumbo Barra de Tijuca, era imposible no sonreír al mirar y comprobar que continuaba predicando que no había pecado en amar y que, incluso, había entrado a la globalización, pues junto a la versión portuguesa, el hotel ahora también se llamaba Sinless. Pero por más que lo intento, no recuerdo el nombre del hotelito del que le conté a Gabriel García Márquez.

El hotel del centro de Río crujió, se derrumbó y mató a todos sus huéspedes, entre ellos, a una pareja. Ella, una profesora de 47 años; él, un agente de ventas de 70 años. Primero me sorprendieron las edades, “mira que irse a un hotel a los 70 años”, pensé, llena de prejuicios semijuveniles. Después, recordé los anuncios de los camiones urbanos en Brasilia: “Descuento de 20% a las parejas de la tercera edad entre las 4 pm y las 8 pm”, el horario con menos demanda; obviamente, yo estaba estaba mal informada. Y la nota seguía: “Reconocieron los cuerpos los esposos respectivos de la profesora y del agente de ventas”. Y ahí fue cuando pensé que ésa era una historia para García Márquez.

Le hice llegar la historia a través de un amigo común entrañable, el productor de cine Jorge Sánchez Sosa, a la sazón, cónsul de México en Río y hoy director de Imcine. Entre la correspondencia que algún día revisará su viuda Mercedes, quizá esté mi carta, junto con otras miles de historias que a algunos nos parecieron extraordinarias. No tuve ninguna respuesta, lo que me dio la gana interpretar como un mensaje cifrado: “No seas miedosa Cecilia, escribe tú la historia...”.

No importa que él quizá ni siquiera haya abierto el sobre, aun cuando tuviera un sello postal evocador de Río de Janeiro. Lo que es cierto es que una de las razones de la actual gabomanía es que la lectura de Cien Años de Soledad, de alguno de sus muchos cuentos o de sus reportajes, cambia a las personas. No exagero si afirmo que hay un antes y un después de la lectura de Gabriel García Márquez en aquellos que lo leímos, no por obligación escolar, sino por el gusto de hacerlo. Los grandes autores tienen ese don: también hay un antes y un después de Cervantes o de Dante, o de Enrique V, de William Shakespeare. Pero qué gozo y diversión es cambiar con Gabo. Ya sea porque nos es más cercano en tiempo, paisaje y lenguaje que el caballero de la triste figura, que los círculos del infierno del Dante, a los que uno prefiere ver como lejanos y, afortunadamente, inaccesibles o extraños a las guerras y complots de la corte isabelina. Amamos a esos tres autores, pero para llegar a ellos necesitamos una mediación, no es fácil tener acceso directo. Para poder leer el Quijote y desternillarse, o apostar a que el segundo tomo es imposible que supere al primero y, después, deslumbrarse porque el segundo tomo continúa siendo una fuente inagotable de imaginación y humor, es necesario algún truco para remediar el desafío del español antiguo. Más difícil aún leer al Dante que escribió en las primeras décadas del siglo XIV. Celebramos esta semana el 450 aniversario del nacimiento de William Shakespeare y continúa cercano y contemporáneo, pero no es una lectura fácil e inmediata.

Para nosotras, las mujeres, la obra de Gabo es aun más sugerente. Sus mujeres hablan bien, pero lo hacen mejor sus personajes masculinos. ¿Así que los senos de una mujer pueden ser “insólitos”? ¡Qué insólito poder descubre en el cuerpo femenino! ¿Así que un hombre puede esperar cinco décadas al amor de su vida, como Florentino Ariza a Fermina Daza?

No sé si la obra de García Márquez pueda compararse o tener la dosis de eternidad de los autores que acabo de mencionar. De lo que sí estoy segura es de la conexión directa entre el autor y el lector latinoamericano, y quizá también de otras regiones. La lectura de García Márquez permite aceptar como natural el inusitado mundo que nos habita en el momento en que quedamos solos con las voces que nos sugieren tantas posibilidades antes de que intervenga la voz del deber ser. Leer la obra de García Márquez, sus novelas o sus cuentos prodigiosos, tiene un efecto liberador: soy ése que va a la oficina o ésa que se queda en casa cuidando bebés, pero no me es extraño nada de lo humano. Qué suerte y privilegio haber sido su contemporánea.  Nos encontramos en Twitter: @ceciliasotog.

                *Analista política

                ceciliasoto@gmail.com

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