Condena por aproximación

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Carlos Resa Nestares 09/02/2014 01:47
Condena por aproximación

Los narcos y los mafiosos empresarialmente son poco más que su cartera de clientes y su prestigio: su reputación de que hacer tratos comerciales con ellos no es peligroso (para los narcos) y su reputación de que no hacer tratos comerciales con ellos sí es peligroso (para los mafiosos). Y uno de los instrumentos para esa adquisición de reputación son las fastuosas fiestas donde el mafioso o el narco exhiben, ante un auditorio selecto y seleccionado, la dimensión de su poder económico, político o social ante sus clientes actuales y potenciales.

En estas reuniones organizadas a mayor gloria de mafiosos o narcos, la asistencia de personajes relevantes de la vida social o política es un activo adicional para visibilizar la grandeza del organizador. Es publicidad favorable. Cualquiera que sea la cordura o el motivo del invitado (dinero, socialización o entretenimiento), la mera presencia de un político conocido es un indicador relevante de que el organizador está jugando en las ligas mayores y que es digno de confianza en un mundo, el de la ilegalidad, donde la información veraz escasea.

Este maridaje festivo entre políticos y delincuentes a conveniencia mutua es tan antiguo como la ilegalidad. En el neolítico de la exportación de drogas en México, un participante en las fiestas que organizaba Alberto Sicilia Falcón dejó escrito que “siempre había entretenimiento, alguna estrella de la canción de la Ciudad de México o algo por el estilo. Y siempre había muchos políticos, peces gordos, gente influyente. Y también había mucha mierda falsa. Muchísima. Todo el mundo trataba de impresionar a todo el mundo con cosas como quién tenía las joyas más grandes o quién llevaba más oro encima…” o quién tenía más y mejor amigos políticos. Que la intimidad con el político sea real o ficticia es indiferente en su feria de las vanidades comerciales. Luego el mafioso o el narco se encargará de capitalizar su imagen en dinero fresco.

La senadora perredistas Iris Vianey Mendoza podrá ser acusada en la prensa, en los cenáculos o en las tabernas de inocencia supina, de irresponsabilidad incontenible, de ineptitud social flagrante o de exuberante estulticia, todos comportamientos censurables en el albero político o social. Pero ninguna de esas conductas aparece ni en el Código Penal Federal ni en el estatal. Por ahora, claro está. Porque no es descartable que la histeria periodística por quemar brujas propiciatorias para aplacar (sin éxito) al Dios incorpóreo de la violencia decida que hay que cambiar la ley para tipificar como delito la proximidad espacial a un narco o a un mafioso. ¿Cien metros será el perímetro de seguridad del delincuente para no incurrir en delito?

Ni las fiestas ni la exaltación popular resultante son nada nuevo bajo el sol (azteca, en este caso). La mayoría de la intelligentsia y de la población mexicana sigue creyendo que Carlos Salinas de Gortari era el jefe del narco en México. ¿Pruebas? ¿Para qué? ¡Si a The New York Times le dieron un premio Pullitzer y a una oscura fiscal suiza le dieron un goloso puesto en el Tribunal Penal Internacional por relatar esa misma farsa! Sigamos entonces lapidando a la senadora, que no es que sea gratis, es que sale rentable. Y el resto, que empiecen a afilar sus piedras, que caso contrario serán considerados cómplices.

Por ahora, y a falta de mejor evidencia, la histeria ya ha segado dos piezas. Primero, ha sepultado antes de despegar la carrera política de Mendoza, como pasó antes con Manuel Bartlett Díaz o Manlio Fabio Beltrones o varias docenas de acusados por mera proximidad al narco. Y segundo, ha perpetuado el clásico mexicano de dinamitar el principio clásico de Iulius Paulus Prudentissimus: Ei incumbit probatio, qui dicit, non qui negat; cum per rerum naturam factum negantis probatio nulla sit. En román paladino, la presunción de inocencia.

                *Profesor asociado de Economía Aplicada en la Universidad       Autónoma de Madrid.

                carlos.resa@uam.es

 

 

 

 

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