Estado democrático de derecho

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Armando Román Zozaya 20/08/2014 00:22
Estado democrático de derecho

Según el presidente Peña Nieto, uno de los objetivos centrales de su gobierno es que México se consolide como un “Estado democrático de derecho”. Ante esto, valen algunas preguntas: si apenas estamos en ruta de convertirnos en un Estado con esas características, entonces, ¿qué tipo de país somos al día de hoy? ¿No somos una democracia de verdad? ¿En nuestro país la ley no impera y, por lo tanto, no hay Estado de derecho?

La respuesta es, me parece, contundente: por un lado, no somos un Estado serio, es decir, en México, en el mejor escenario, la ley suele ser aplicada selectivamente y, en el peor, nadie siquiera se acuerda del marco legal; no hay, pues, Estado de derecho. Por otro lado, si bien contamos con mecanismos de avanzada para organizar y ejecutar procesos electorales, no somos una democracia sólida; en un sistema democrático digno de tal etiqueta, la ley sí vale. En otras palabras, al no haber legalidad, no hay Estado ni hay democracia o, en su defecto, el Estado es poroso, endeble y gelatinoso, mientras que la democracia no es sino un ejercicio de elecciones periódicas, no necesariamente limpias, y nada más.

Luego entonces, el Presidente de la República tiene razón: hay que consolidarnos como un “Estado democrático de derecho”. Sin embargo, si nuestra democracia no está desarrollada y nuestro Estado es un gigante con pies de barro, ¿dónde queda la legitimidad del poder político, del propio Presidente, de los diputados, de los senadores, de los gobernadores, de los alcaldes, de los jueces, etcétera?

Mencionemos un ejemplo: la responsabilidad principal de la autoridad es asegurarse de que haya seguridad. No obstante, está claro que, al menos en algunas partes del territorio nacional, no hay gobierno que sea capaz de contener al crimen. Inclusive, la delincuencia no sólo ha sometido al Estado sino que lo ha remplazado. ¿O ya se nos olvidó que, en Michoacán, La Tuta funge hasta como notario, como nos lo dejó ver un video recientemente publicado en redes sociales?

Pero a pesar de que México no es un “Estado democrático de derecho”, y hasta el propio señor Enrique Peña Nieto así lo reconoce, nuestros gobernantes no sólo cobran a tiempo sus jugosas quincenas sino que gozan de todo tipo de prestaciones, lujos y beneficios que, por supuesto, corren a cargo de nuestros impuestos. ¿Es esto coherente? ¿Se vale? ¿No estamos, acaso, ante una total contradicción? Insisto: ¿dónde queda, pues, la legitimidad del poder político?

Y eso no es todo: así como la falta de Estado de derecho mina terriblemente dicha legitimidad, la ausencia de una democracia de verdad lo hace también: si somos todavía una democracia en ciernes, ¿es verdad, entonces, que el PRI no ganó la elección pasada apegándose a la ley, tal y como lo ha venido denunciando el PRD? ¿Qué gobernador, alcalde, diputado o senador sí ha llegado a su puesto como resultado de una votación que haya sido de verdad libre de impurezas?

Quiero enfatizar que todas estas preguntas me surgen con motivo de lo que, una y otra vez, el presidente Peña señala: es necesario consolidarnos en un “Estado democrático de derecho”. Dicho lo anterior, considero provechoso que Peña Nieto se anime a decir lo anterior abiertamente, incluso si esto puede resultar en críticas o comentarios como los que aquí he presentado.

El papel del Presidente sería más provechoso aún, no obstante, si, además de señalar que hay todavía mucha ruta por recorrer, admitiera que, precisamente por eso, él, su gobierno, su partido, los demás partidos, el Congreso de la Unión y la clase política en general, tienen una gran deuda con todos los mexicanos, la cual se saldará hasta que, efectivamente, este país sea uno donde la democracia y la ley se constituyan en ejes rectores. A ver, pues, si Enrique Peña Nieto da también ese paso.

                Twitter: @aromanzozaya

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