Niños y hambre

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Armando Román Zozaya 30/04/2014 01:38
Niños y hambre

No sé cuál sea el mejor criterio para definir qué tan civilizada es una sociedad. Sin embargo, me parece que el trato dado a los ancianos, a las mujeres y a los niños constituye un buen parámetro al respecto. Menciono lo anterior porque, según un reciente estudio de Unicef y Coneval, en México, tres de cada diez menores de edad padecen hambre. Igualmente, 12% de nuestros pequeños vive en pobreza extrema, mientras que 53% no tiene acceso a servicios de salud, educación y vivienda.

Lo anterior debería ser una vergüenza nacional. Más aún si consideramos los abultados dispendios de la autoridad para cuestiones como la “maravillosa” nueva sede del Senado, la inútil, cara y horrible torre conmemorativa del Bicentenario de la Independencia, los lujos de los que gozan nuestros legisladores y funcionarios públicos, etcétera.

Y es que en México hay pobreza no necesariamente porque se trate de un país en el que faltan recursos. De hecho, si bien nuestro ingreso per cápita no es ninguna maravilla, tampoco es paupérrimo. No se trata de caer, por supuesto, en el simplista y equivocado análisis de quienes creen que con seis mil pesos mensuales se pueden hacer milagros, pero, aunque nuestra economía podría y debería rendir mucho más, sí hay que insistir en que no somos un país en el que no hay con qué atacar problemas como el de las carencias padecidas por la niñez.

Obviamente, sería muy útil que generáramos más ingreso y riqueza. No obstante, el problema de fondo es uno de distribución; mientras muy pocos mexicanos poseen gran parte de lo que el país genera, una abrumadora mayoría no tiene nada o tiene muy poco. Esto se traduce en una terrible y dolorosa desigualdad de oportunidades, la cual, a su vez, contribuye a perpetuar las asimetrías prevalecientes en todo terreno: en el mercado de trabajo, en la salud, en la educación, en la calidad de vida.

Mientras no contemos con un sistema fiscal sólido, amplio, claro, eficiente, equitativo y justo, el cual nos permita financiar una política social mucho más amplia y profunda que la actual, así como más y mejores servicios de educación y de salud, las cosas no cambiarán mucho. Evidentemente, es importante también que los recursos existentes, y los futuros, sean usados con tino, sin corruptelas, sin pensar únicamente en objetivos políticos.

Aunado a lo anterior, es indispensable que, por fin, dejemos de ser un país clasista, racista y sexista. Es importante asimismo que el amiguismo ya no sea la norma. En otras palabras, es apremiante que, a la hora de distribuir oportunidades, nos acerquemos a la meritocracia y que éstas ya no se asignen de acuerdo a si somos de piel clara o morena, si somos hombre o mujer, si somos hijos de una familia que vive en Las Lomas o una que radica en algún municipio de los más pobres del país.

Pero eso no es todo: la empatía también es crucial; si ni siquiera tenemos la capacidad de ponernos en los zapatos de quienes padecen hambre y pobreza, estaremos muy lejos de querer y, de acuerdo con nuestras posibilidades, poder ayudar. El punto es este: no todo es responsabilidad del gobierno; en un país en el que millones de niños no se alimentan adecuadamente, algo está mal también a nivel social. ¿Qué? No lo sé. Pero me temo que tiene que ver con que no nos interesa en lo más mínimo lo que le pase al vecino y, por ende, mucho menos nos importa lo que ocurra con niños a los que ni siquiera conocemos.

Un pequeñito con hambre es algo inaceptable. Repito: nos debería dar vergüenza que millones de pequeños mexicanos ni siquiera tengan qué comer. Ahí está la medida real del tipo de país que somos. ¿Hasta cuándo?

                Twitter: @aromanzozaya

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