El Oscar: nacionalismo ramplón

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Armando Román Zozaya 05/03/2014 01:11
El Oscar: nacionalismo ramplón

El fin de semana pasado, un mexicano de nombre Alfonso Cuarón ganó dos premios Oscar, uno de los cuales le fue otorgado por su trabajo como director de la película Gravity. Otro mexicano, Emmanuel Lubezki, ganó también uno de esos galardones, el cual le fue conferido por su labor como fotógrafo en ese mismo largometraje. Y una mexicana, Lupita Nyong’o, recibió asimismo este reconocimiento; a ella se le entregó por su participación como actriz de reparto en la película 12 years a slave.

Como consecuencia de lo anterior, Twitter, Facebook y todo espacio de noticias de nuestro país se vieron inundados con manifestaciones de júbilo por parte de muchos mexicanos. De hecho, hasta la Cámara de Diputados dedicó un minuto de aplausos a los ganadores. Asimismo, el presidente Peña Nieto se mostró feliz y orgulloso de Cuarón, Lubezki y Nyong’o.

Qué bueno que estos tres mexicanos hayan sido premiados. Es estupendo que, gracias a ellos, se hable bien de México; sin duda que sus logros no deben ser minimizados. Pero de ahí a celebrar como si sus triunfos fueran del país entero, como si los problemas que encaramos día con día ya no existieran, como si, de repente, nuestro terruño fuera uno libre de pobreza, de violencia, etcétera, hay un gran trecho.

Para empezar, ninguno de los mexicanos premiados requería ganar premio alguno para que su talento fuera reconocido. Ah, pero como ya recibieron un Oscar, ahora resulta que todo México entiende de cine y sabe que Cuarón es un gran director, Lubezki —a quien, desde hace un par de días, hasta el vendedor de paletas heladas identifica cariñosamente como El Chivo— es un estupendo fotógrafo y Nyong’o una magnífica actriz.

En segundo lugar, las carreras de los tres personajes en cuestión han sido desarrolladas y consolidadas fuera de nuestro país. El mismo Cuarón ha declarado, inclusive, lo evidente, es decir, que Gravity no es una película mexicana y que, para crecer, nuestro cine requiere de apoyo.

En tercer lugar, ¿a poco usted ya sabía de Lupita Nyong’o, amigo lector? Es verdad que nació en México, pero se fue cuando era muy chiquita. Luego regresó por unos meses para aprender español. Y nada más. Ella misma dejó claro, por ejemplo, cuando se le preguntó al respecto, que su premio no tiene nada que ver con nuestro país.

No son, pues, premios de todos los mexicanos ni de México. Pero incluso si lo fueran, el gritar a los cuatro vientos “¡Viva México, Cuarones!” y el celebrar como muchos lo han hecho, sólo ilustra nuestro eternamente ramplón nacionalismo: decimos querer mucho a México, pero sólo exhibimos ese supuesto amor por nuestra patria cuando así nos conviene, cuando así nos viene bien, cuando creemos que, gracias a ello, nos lucimos.

¿Por qué no en vez de estar felices porque una mujer que casi por accidente nació en México hace unos veinte años y que, gracias a una carrera que nada ha tenido que ver con nuestro país, ganó un Oscar, mejor nos dedicamos a respetarnos mutuamente? ¿No sería esa una manera genuina y útil de mostrar nuestro nacionalismo, nuestro cariño por el país?

¿Por qué no en vez de elevar a Cuarón y a Lubezki a nivel de héroes nacionales mejor utilizamos nuestro entusiasmo para salir a limpiar nuestras calles y parques, por ejemplo? ¿O para visitar un asilo de ancianos y colaborar en lo que nos sea posible? ¿No son esas maneras superiores de dejar ver cuánto amamos a México?

Típico de nosotros: un mexicano hace algo notable y, de inmediato, todos somos México y todos damos la vida por el país. Ah, pero que no se trate de tratar bien a quienes nos rodean, de convivir decentemente, de mostrarnos cívicos, etcétera, porque entonces resulta que sí queremos a la patria, pero no tanto como para comportarnos y actuar en consecuencia.

Nacionalismo ramplón. Siempre ramplón. Nada más que ramplón. Así no se puede.

                Twitter: @aromanzozaya

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