Traidores, pejezombies y chairos

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Armando Román Zozaya 18/12/2013 00:58
Traidores, pejezombies y chairos

En política siempre hay discrepancias: algunos quieren más impuestos para ciertos grupos, otros quieren menos. Unos más anhelan subsidios y prestaciones para algunos ciudadanos en particular, otros desean que los subsidios desaparezcan. Etcétera.

Dichas discrepancias ocurren en el terreno de las políticas públicas. Sin embargo, en esencia, las desavenencias políticas no son sino un reflejo de diferencias en la esfera de los valores. Por citar un caso, quienes abogan por impuestos elevados para los ricos y subsidios generosos para los pobres tienden a valorar más la igualdad, mientras que aquellos que argumentan que a nadie hay que cobrarle impuestos abultados, se identifican más con la libertad.

Cuando hablamos de valores, es común encontrarnos con esta postura: todos los valores son iguales, es decir, no es posible definir cuáles son más importantes o, valga la redundancia, valiosos. Por ejemplo, si usted cree en Dios, amigo lector, y yo no, ¿quién soy yo para condenarle o, en su defecto, quién es usted para condenarme?

Sin embargo, si todos los valores valen lo mismo, nos enfrentamos con un problema grave: no hay manera de rechazar visiones del mundo cuyos principios son degradantes. ¿Cómo rechazar a los racistas? ¿Cómo repudiar a los machistas? Insisto: si todos los valores son iguales, no podríamos cuestionarles pues, ante nuestras críticas, la respuesta sería ésta: tan válida tu visión del mundo como lo es la mía.

Para condenar a los racistas, machistas, etcétera, es imprescindible sostener que su lectura de la realidad es equivocada y que, por eso mismo, lo que ellos consideran adecuado no lo es realmente. Pero para poder hacer esto, tenemos que aceptar, antes que nada, que no todos los valores tienen el mismo peso: hay algunos más importantes que otros.

Obviamente, aquí surge una pregunta: ¿cuáles son esos valores que son más relevantes? La respuesta no es difícil: aquellos que protegen la integridad de la persona, entendida en el sentido amplio, son los esenciales y, en consecuencia, todos tendríamos que estar de acuerdo en que, si bien la pluralidad es tan necesaria y deseable como lo es inevitable, hay ciertas cosas en las que todos tenemos que coincidir. Por ejemplo, el respetarnos mutuamente y no discriminar con base en raza, religión, género, edad y/o por pertenecer a una minoría.

Ahora bien, como decía, las decisiones sobre políticas públicas reflejan siempre un conjunto de valores, el cual está atado a una particular perspectiva del mundo. Es normal, por lo tanto, que haya divergencias y choques entre diferentes partidos, agrupaciones, personas. Sin embargo, para que las disputas no se conviertan en conflictos que pudiesen escalar hasta llegar a la violencia, es imperativo que estemos de acuerdo no sólo en lo que ya he señalado sino también en la forma en que nos gobernaremos y tomaremos decisiones colectivas.

En México, no hemos entendido nada de lo anterior. Por eso, algunos llaman “traidores” a otros sólo porque esos otros enarbolan valores diferentes a los de esos algunos. Por la misma razón, hay quienes son etiquetados como “pejezombies”, “retrógradas” y hasta “chairos”, término este último totalmente ofensivo y despectivo.

De hecho, nuestra situación es tan grave que ni siquiera hemos logrado acordar en torno a cómo gobernarnos y cómo decidir con relación a lo que nos afecta a todos. Por ello es que un día el PAN aprueba con el PRI la Reforma Energética y, otro día, se niega a debatir la Reforma Fiscal porque lo están “mayoriteando”. Igualmente, una tarde el PRD se vanagloria de haber sido partícipe de la Reforma Fiscal, junto con el PRI, para, otra tarde, argumentar que le “echaron montón” con la Reforma Energética.

Urge que nos pongamos de acuerdo en lo más básico. Sólo así nuestra pluralidad será conducente a un país mejor y no a uno en el que sobran “traidores”, pululan “pejezombies” y, entre todos, sólo estamos haciéndole mal a México. Repito: urge.

Desde la tribuna toma vacaciones; regresa el 8 de enero. ¡Feliz año, amable lector!

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