El billete de la muerte

Me atrevo a estar de acuerdo con las leyes suizas que aprueban el suicidio asistido y que han hecho de esta polémica ley un motivo para crear el turismo suicida.

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Anna Bolena Meléndez 29/08/2014 00:00
El billete de la muerte

Mucha polémica causa el derecho a morir dignamente. Y me pregunto ¿qué fregados le importa al vecino si Sutano o Perencejo ya se quiere morir?

Hace un tiempo, la tía de un amigo se encontraba pasando por un terrible pero ineludible final. El deterioro de su vida en vida a manos de la enfermedad de este siglo: cáncer.

No había esperanzas, sólo su muerte. Era un hecho, ella moriría, era sólo cuestión de tiempo.

Pasó más de un mes y la señora, cada día más deteriorada, seguía respirando con un profundo deseo de morir, de descansar, de irse de una vez por todas y acabar no sólo con su viacrucis sino con el de su familia.

Con esta anécdota como parangón me atrevo a estar de acuerdo con las leyes suizas que aprueban el suicidio asistido y que han hecho de esta polémica ley un motivo para crear un rubro turista bastante excéntrico: el turismo suicida.

De este lado del charco, la eutanasia no está bien vista, por lo menos no en humanos, y siempre me he preguntado ¿por qué?

Por qué si una persona ya no quiere vivir, llámese porque se encuentra viejo y enfermo o porque simplemente quiere morir, no se le respeta el digno derecho a acabar con su vida.

Y no, no es que esté a favor del suicidio, de hecho soy una gran enamorada de la vida, sin embargo, así como yo tengo derecho a vivir encantada por vivir, también le concedo el derecho al vecino si es que quiere morir.

¿Lo entiendo? No, pero no está en mí entenderlo porque no es mi problema, ni es mi vida, ni es de mi incumbencia.

Pero ahí estamos todos, esa masa que se esconde detrás de la palabra diplomática de “sociedad”, queriendo meter la cucharada en todo, hasta en la muerte del prójimo.

Y la gente opina que cómo es que van a permitir que una persona se muera, si el valor de la vida es lo más importante que tenemos.

Sí, señora que leyendo mis líneas ya se alborotó y le alega al marido por mi atrevimiento, así como usted valora su vida, hay quien no y es el sagrado derecho de cada quien morir si así lo quiere.

La legalización del suicidio asistido probablemente sea un albur en nuestras leyes tercermundistas, probablemente a quien se quiera suicidar no le queda de otra más que pegarse un tiro o pagar un boleto a Suiza, donde con una buena dosis de pentobarbital de sodio pueda acceder a un suicidio digno y una muerte tranquila.

Hasta para morir dignamente hay que tener billete…

 

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