Mi principio feliz

El matrimonio no es un final sino un principio tan feliz.

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Anna Bolena Meléndez 04/07/2014 00:00
Mi principio feliz

A todas nos venden un final feliz. Por lo menos hablo desde mi generación. Recuerdo andar viendo la Cenicienta cuando era una chamaquilla e imaginando cómo sería el príncipe azul que me tocaría por decreto divino. Quién sería la bruja de mi historia y cuál sería la pócima mágica que debería tomar para entonces darle resolución al amor.

Luego, poco más grande comencé a volverme adicta a las películas rosas de Hollywood que más o menos prometían lo mismo: besos debajo de la lluvia, persecuciones en el aeropuerto, anillos de compromiso desde un helicóptero, ruegos por más de diez años, serenatas interminables, en fin… tantas cosas que no se cumplieron.

Así enfrenté mi vida romántica en la primera etapa de mi juventud cuando le ponía cara de príncipe a cuanto párvulo me tomaba de la mano.

Nunca me besé bajo la lluvia, porque se me enchinaba el pelo, jamás me persiguieron por el aeropuerto —y debo confesar que me parece uno de los gestos más románticos del universo—, no me cayeron anillos de compromiso desde un helicóptero y mucho menos, nadie, me rogó por diez años.

Así, me internaba en botes de helado de chocolate culpando a la maldita literatura romántica de pacotilla que me tocó y que le seguirá tocando a las generaciones venideras, ésa en donde te aseguran que el hombre de tu vida es quien menos piensas.

Lo que pasa es que las películas están equivocadas, tanto que hasta terminan en la supuesta culminación de todo romance: el compromiso, el matrimonio.

Y cuando me casé por fin entendí que ese final feliz es apenas el inicio de muchas muchas, muuuchas, nuevas aventuras que son aún más divertidas que una persecución por el aeropuerto.

Mi esposo sí resultó ser quien menos pensé y sí resultó tener un millón de detalles, que no dicen en las películas, pero que fueron y siguen siendo, inmensamente románticos y cero predecibles.

No me cayó un anillo de un helicóptero, pero tuve dos anillos, el primero de servilleta, cuando mi marido sintió que quería proponerme matrimonio mientras jugábamos un partido de scrabble. No es el escenario más romántico para un libreto de Hollywood, probablemente, pero para mí fue el final de mi personal segundo acto.

Así que no, Cirilitas que todavía están a tiempo, no se compren toda esa basura que fue concebida únicamente para entretenernos, el príncipe azul ni siquiera es príncipe, es un hombre de carne y hueso que dista de saber cómo pelear con dragones.

En la vida real no hay brujas ni maleficios, mucho menos lluvias espontáneas y mujeres poco vanidosas. La vida real continúa después del matrimonio y ese anillo que antes no te quitabas ni para dormir, se queda en la gaveta algunas veces, ahí es cuando recuerdas que lo romántico del matrimonio no se reduce a una piedra o a una fiesta.

Que si las novelas, las películas y cuentos llegan hasta el matrimonio es, porque no son la mayoría los que encuentran la belleza dentro de la cotidianidad, porque el romanticismo se les muere a varios una vez conquistaron su terreno.

El matrimonio no es un final sino un principio tan feliz como ustedes mismos lo decidan.

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