Tus tiliches y los míos

Cuando truenas, no puedes abrir un cajón sin encontrarte algo de él...

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Anna Bolena Meléndez 12/06/2014 00:00
Tus tiliches y los míos

Tronar con alguien tiene como mil facetas horribles. No sólo quedas con el corazoncito tan roto que ni con kola loka se pega, sino que para donde voltees todo te recuerda a él.

En las películas rosas, cuando la chica termina con su chico y nos acercamos al final feliz, la chica alucina verlo en la cara de cuanto Cirilo hay por la calle. Entonces nosotras, espectadoras, pensamos: “¡Pero qué tontería! Ese ni se parecía a su Cirilo, ¿¡cómo es que lo confunde?!”. Luego, cuando nos encontramos en esa situación del corazón hecho polvo a más no poder, comprendemos que, en efecto, uno ve la cara de su examor hasta en la del perro callejero.

Por si no fuera poco, no puedes abrir un cajón sin encontrarte algo de él: los calzones que jamás debió dejar, el cepillo de dientes que cuando dejó casi gritas por la ventana de emoción, la película que viste sólo porque estabas muy enamorada, las pastillas para dormir que confundiste con tic tacs… en fin, tu propia casa se convierte en tu enemiga y es cuando caes en cuenta de que no es buena idea invitar a un Cirilo a medio-vivir a tu casa.

Quieres deshacerte de todo, pero, ¿cómo vas a tirar a la basura su camisa o su piyama, imposible. No te queda de otra más que esconderlas en algún recóndito lugar de tu clóset hasta que las neuronas se te descongestionen de mocos y tomes una decisión acertada sobre qué hacer.

Semanas después, cuando por fin tus amigas logran sacarte arrastrada de tu casa para ir de antro y no te caben tus pantalones de tanto tragar helado de chocolate —por lo cual te vuelves a deprimir— esculcas en tu clóset desesperada por la ropa de emergencia, esa que usas cada que truenas con alguien y que según la etiqueta es una talla más que tu talla normal.

Entonces, con el horror que ello conlleva, te encuentras con la maldita caja rellena de todas las porquerías de tu ex que hace quererte cortar las venas nuevamente con galletas de animalitos. Tienes que tomar una decisión: ¿¡qué hacer con sus mugrosas cosas!? No quieres hablar con él porque entregarlas es como decirle al universo: “Okay, acepto que esto se terminó para siempre”.

Así que las sacas de ese rincón en donde se escondieron mustiamente mientras te atragantabas de chocolate en todas sus presentaciones y la colocas en un lugar visible con la firme convicción de hacer algo con ellas, aunque sea una fogata.

Llamas a Cirilo, con los diez tequilas que te tomaste de más en el antro. Tú sabías que no lo debías hacer; beber y luego llamarlo. Pasas del cielo al infierno en dos segundos. En el peor estado que cualquiera puede estar decides hablar sobre los problemas de su relación y sin darte cuenta terminas llorando como Magdalena porque es un imbécil sin remedio.

Entonces haces la pregunta que te has muerto por hacer desde que te encontraste su montón de tiliches en tu depa: “¿Qué hago con tus cosas?”, y el muy desgraciado, como si no hubieras sufrido lo suficiente por andar hospedando sus olores y sus ácaros, te contesta “lo que quieras… son un par de trapos viejos que ni me acuerdo que tenía”.

Y así comienza la fogata de sus cosas y de dos que tres sentimientos que juramos que se esconden en el bolsillo de su vieja camisa y que al final se esfuman como el humo de la hoguera.

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