Con la camiseta por fuera

Todas las chamacas nos fijamos en ese Cirilo que no nos conviene.

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Anna Bolena Meléndez 09/06/2014 00:00
Con la camiseta por fuera

Cirilo, de ocho años, asegura que su éxito con las niñas de su escuela se debe a que utiliza la camiseta del uniforme por fuera.

“¡No sabe nada de la vida!”, uno pensaría, pero se equivoca. Este pequeño y tierno Cirilito tiene mucha más razón de la que él mismo se imagina.

¿Tendrá la culpa Disney o Nickelodeon? Eso no respeta generación. Las cosas podrán cambiar con los años pero la esencia no se pierde y, esto, estimadas Cirilas despistadas, es la mera esencia de Cupido.

Todas las chamacas, desde muy pequeñas, nos fijamos en ese Cirilo que no nos conviene porque probablemente nos va a hacer llorar nuestras más inocentes lagrimitas. Nos enamoramos del chamaquillo de la camiseta por fuera, del que tiene el pelo largo, del que se puso el arete sin permiso de su mamá.

Luego posamos nuestros ojos en el capitán del equipo de algún deporte brusco, uno de esos en los que los machos pelean por ser el más macho, como el futbol americano, y así, seguimos tirando la baba por los que hacen sus primeros pininos de “chicos malos”.

No importa si Sandra Dee se enamoró de John Travolta; más de cuatro décadas después, las chamacas de la generación de las Inanas (Ipod, Ipad, Iphone) siguen enamorándose del avatar del chico malo.

Y, como si fuera poco, ahora los chiquillos no sólo traen la fórmula impregnada en las venas, sino que conscientemente se la saben, como Cirilo anteriormente mencionado.

Ahora los niños saben que para atraer niñas hay que ser chico malo y lo peor de todo es que lo confirmarán una y otra vez, con diferentes chicas, de diferentes edades y hasta de diferentes generaciones.

Lo que no nos damos cuenta es que no hay chicos malos y chicos buenos. Chicos malos de mi pasado hoy son chicos buenos de otra Cirila. Lo que para una pudo haber sido una pesadilla, para otra es su sueño dorado, entonces, ¿todos serán chicos malos hasta que encuentran con quien ser bueno? ¿Esto quiere decir que sí hay sapos y sí se convierten en príncipes (en el sentido figurado, obvio)?

¡Fíjese a las cosas que uno llega de sólo ponerse a escudriñar el inocente (aparentemente) comentario de un Cirilito de ocho años!

Conclusión: Nada que hacer; no intentemos hacerle comprender a las generaciones venideras que el chico malo no es el bueno. Que ese chico malo solamente es sexy, atractivo y nos provoca convertirlo de sapo a príncipe a punta de besos, pero eso no quiere decir que no sean inmunes a nuestras boquitas.

Lo mejor es dejar a estas nuevas generaciones de niños —adultos saquen sus propias conclusiones—, igual Cupido seguirá haciendo de las suyas sin importar si era la era del chaperón o la del romance virtual, y seguirá demostrando que, mientras no llegue el “mero mero”, todos serán chicos malos que, con su camiseta por fuera, acostumbran rompernos el corazón.

Eventualmente uno de esos chicos malos de otra va a ser nuestro chico bueno. ¡Tarán! Otro sapo que se esfuma.

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