Cirilo golpeador

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Anna Bolena Meléndez 05/06/2014 00:00
Cirilo golpeador

Cirila escribe:

“Cirila, una amiga tiene una relación con un Cirilo muy controlador, bipolar y, sin duda alguna, un machista sin remedio. Cirila es inteligente y muy bonita, pero no sé de qué forma la ha envuelto para que toda su inteligencia, estando con él, se esfume. Desde el principio justificaba todos sus actos de violencia (verbal), con efecto negativo sicológico y emocional para ella, pero lo que ya es de preocuparse es que atentó contra su integridad física, lo que hizo que se separaran por algún tiempo. En este tiempo él aprovechó para mandar flores y en esto recordé las campañas de publicidad antiguas que daban el claro mensaje de que cada que abusaban de ti te mandaban flores hasta que te mataban a golpes y ahí recibías aun más. Su familia tiene conocimiento de la peculiar forma de ser del hombre pero no de los alcances de sus arrebatos; sin embargo, el sexto sentido de su mamá (que, por cierto, es amiga mía) la tiene muy preocupada y me pide que hable con ella, pero ya cualquier tipo de intromisión de mi parte en ese tema está completamente vetado. Cabe mencionar que el Cirilo en cuestión tiene buen trabajo, pero su reputación no es muy buena, por lo que también tenemos miedo de meternos en ese asunto”.

Si hay un tema que me dé coraje tocar es el de la violencia física. Un hombre que tiene los pantalones de golpear a una mujer es tan poco hombre, que los pantalones los tiene de adorno.

El problema en estos casos es que Cirila ya está enferma. Con enferma, me refiero a que ya es parte de una relación patológica de la que es complejo salir. Sin embargo, cuando la situación es extrema, no queda de otra más que tomar medidas extremas.

Voy a ponerte este ejemplo porque es lo más cercano que conozco a ello: cuando estaba en segundo de preparatoria, me enteré de que uno de mis mejores amigos estaba usando drogas. Para mí fue terrible; sabía que mi amigo estaba en peligro y lo amenacé con hablar con su mamá si no paraba. Terminé contándole a su madre, con el riesgo —que tuve que asumir por varios meses— de que mi amigo se alejara de mí. Años después me lo agradeció.

No puedes, ni pueden, dejarse amedrentar porque el tipo sea Sutano o Perencejo; para eso existen las denuncias, para eso existen las órdenes de restricción, para todo eso hay una protección. No podemos poner de pretexto que es que en México no sirve bla bla bla. Ese tipo de alimañas se alimenta del miedo de los otros; ahora se está alimentando del miedo de Cirila y, de paso, del de sus allegados.

Muchas veces es difícil dar un consejo cuando no se encuentra uno metido de narices en la situación, pero voy a contestar lo que, cuando me rehúso a aconsejar claramente, me ponen en cuestionamiento: “¿Tú qué harías?”.

¡Vaya! Si fuera mi amiga, intentaría, por todos los medios, hablar con ella. Si eso no funcionara —como probablemente sería—, entonces le diría lo que le dije, en aquel momento, a mi amigo: “O haces algo o voy a tener que hablar con tu familia”. No me importaría si ella se enoja, si ella me amenaza con no volverme a hablar. Eso es el amor, de eso se trata la amistad, y, si la tengo que poner temporalmente en riesgo con tal de hacerle un bien a mi amiga, lo hago sin pensarlo.

Si fuera yo, no solamente hablaría con su madre, hablaría con su familia completa, porque es en estos casos que la familia debe actuar unida, eso sí, tener mucho cuidado de que se cometan estupideces; de que el hermano mayor, primo o tío, no se vaya a ir a romperle la mandarina a este hombre porque entonces arruina todo y se pone en peligro.

A ese hombre lo pueden denunciar y, si de casualidad, por lo que entiendo, es una figura importante, entonces puedes acudir a medios que estarían felices en ayudarte a publicar la situación.

Pierde el miedo y ayuda a tu amiga.

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