Ouchi en el corazón

El corazón se vuelve renuente, necio y cobarde. Cuando una bella sonrisa nos atrae.

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Anna Bolena Meléndez 26/05/2014 00:00
Ouchi en el corazón

Una Cirila de poca edad me preguntó, hace unos días, qué se siente cuando te rompen el corazón, prometí contestarle más complejamente por este medio:

El corazón roto no es un dolor de muelas ni de estómago ni de cabeza; ojalá lo fuera. El dolor de corazón es tan intenso que no se siente en un lugar específico, se siente en todo el cuerpo, más tirando hacia el alma.

Cuando tienes el corazón roto no te quieres levantar, no te quieres mover ni comer ni dormir ni ver a nadie. Quieres estar tú sola con tu corazón en terapia intensiva. No existe una píldora que lo cure, sólo el tiempo y el helado de chocolate que genera un poco de alivio más no la cura completa.

Un corazón roto te punza con las esquinas, te quita la respiración y las ganas de ver el sol. Cuando el corazón duele no hay consuelo que valga, no hay palabras de mamá ni consejos de la amiga, no hay lectura que alivie tan terrible dolencia.

Las esquirlas del corazón generan somnolencia, como un estado perpetuo de amargura que no permite sonreír y si acaso la sonrisa se escapa no pasa de una sonrisa amarga que deja ver en los ojos de quien sufre al magullado corazón.

El corazón roto se roba la objetividad, olvida los malos ratos y se empeña en recordar sólo lo bonito. Borra temporalmente de la memoria de quien sufre los porqués del rompimiento y exalta los porqués del enamoramiento. El corazón roto pierde toda sensatez y es capaz de cometer las tonterías que un corazón sano jamás cometería.

Un corazón roto es el peor de los peores consejeros.

El corazón roto siempre dejará una cicatriz que con nada se borra, un recuerdo del recuento de los daños que con cada acontecimiento traumático emocional, permanece. El corazón recuerda cada dolencia, cada fracaso, cada traición y se intenta proteger cuando un amor amenaza con tomarlo entre sus manos. El corazón se vuelve renuente, necio y cobarde. Cuando una bella sonrisa nos atrae, se cierra, se bloquea, se aísla. Un corazón roto recuperado no olvida, puede perdonar, pero no borra de la memoria aquella vez que se sintió morir por ese gran amor. Por eso cuando te rompen el corazón nada es lo mismo. Por eso cuando es la primera vez que tu corazón sufre es tan doloroso, porque es un dolor desconocido, algo nunca imaginado, una punzada tan fuerte y tan profunda que, definitivamente, no quieres volver a sentir.

¿Te volverás a enamorar tras esa lanza que se te clavó y te desangró el corazón? Por supuesto que sí. Porque el gran alimento del corazón es el amor. Nuestro corazón tiene un poder de reconstrucción inmenso, que cuando menos nos damos cuenta, aunque nos hayamos querido resistir, nos voltea de cabeza y nos vuelve a dejar vulnerables ante tan terrible final infeliz.

La esperanza del corazón es que de tantos golpes con otro corazón adecuado, uno que no lo rompa, que no lo aplaste y gratifique tantos dolores de corazón.

Así comenzamos a aprender que cuando del amor se trata lo mejor es vivirlo tan intensamente como el mismo sufrimiento, para que valga la pena, para que cuando se vuelva a sostener al agonizante corazón entre las manos, sepamos que curará, que es cuestión de tiempo y una alta dosis de helado de chocolate.

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