El anillo del millón

Nosotras tejemos sueños de anillo, vestido, fiesta y pastel desde la infancia.

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Anna Bolena Meléndez 23/05/2014 00:00
El anillo del millón

Todas soñamos con casarnos, hasta las que dicen que no, muy en su intimidad, sueñan con que un buen hombre venga a hacerlas cambiar de idea.

Nosotras tejemos esos sueños de anillo, vestido, fiesta y pastel desde nuestra más tierna infancia. Cuando llega la hora en que nuestra generación comienza a desfilar por el altar, nos antojamos de lo que vemos en las fotos ajenas: el vestido perfecto, el anillo de un millón de diamantes, la comida de chef internacional y la luna de miel de trotamundos.

En la realidad, cuando hacemos números de lo que nos cuesta cumplir ese sueño nos damos cuenta de que nos toca bajar las expectativas y acomodarnos a lo que hay. Sin embargo, eso no es malo.

Las que se casan con multimillonarios, seguramente no tienen ese problema, pero para el resto de mortales, los sueños se negocian y, toca asentarse por un anillo con menos diamantes de los que en el sueño tenía.

El problema es que nos lo venden desde muy pequeñas. La industria del matrimonio, corrijo, la multimillonaria industria del matrimonio abusa de los sueños femeninos e intentan embutirnos vestidos de costos ridículos que jamás en la vida nos volveremos a poner.

La oferta de anillos de compromiso por parte de las joyerías es inmensa y casi, casi, que castran a un hombre si es que no le da el anillo que su princesa merece. Las amigas no dejan de observar tu anillo ¡ay, pero qué tacaño, Cirilo, mira que darle ese diamantito en vez de uno de varios quilates! Y así comienza la presión, desde la trinchera estúpida de muchas que le ponen precio al amor.

El matrimonio y el compromiso es algo mucho más profundo que eso. Los hombres se devanan los sesos para cumplir las expectativas idílicas de Cirila que no disfruta lo que tiene por pensar en lo que le hace falta.

Cuando se trata de la boda, nada es suficiente, por eso, muchos Cirilos quedan endeudados hasta las pelotas con tal de complacer a Cirila, que no ve más allá de un gigante anillo de diamantes.

Es hora de aterrizar, de poner los pies en la tierra y descubrir lo que realmente vale la pena. Lo que sí es importante de categorizar cuando de atar tu vida a alguien se trata, es cuánto más es importante cumplir un sueño que no existe a cambio de la angustia de un hombre que, con o sin la posibilidad de cumplírtelo, te ama y desea pasar su vida contigo.

Ninguna boda es perfecta, todas tienen sus bemoles, si no es la comida, es el vestido, si no, los adornos, las fotos o la música, pero de tanto buscar la perfección terminan encontrando más imperfecciones de las que en realidad hubo.

Lo bonito del anillo no es lo que cueste, ni si es de oro, plata o platino, sino qué se ingenió Cirilo para dártelo. Cómo se gastó su tiempo, no su dinero, pensando en hacer algo romántico para que tú lo recuerdes toda la vida.

Lo bello de una boda son los recuerdos que de allí se desprenden, celebrar tu grande amor con tu familia y tus seres queridos. Lo hermoso de la luna de miel es generar memorias, caminar de la mano y romancear sin ataduras.

Por eso les recomiendo a las novias por venir, que capitalicen lo que sueñan y gocen lo que tengan porque el día de la boda, sin importar el costo del anillo o el caviar sobre las tostadas, es un día que quedará grabado en la memoria según la importancia que tú misma le des y no exactamente por el costo de las cosas.

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