El juez sin martillo

Caminamos por esta vida, atreviéndonos a juzgar con la ignorancia como estandarte.

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Anna Bolena Meléndez 29/04/2014 02:37
El juez  sin martillo

Es curioso cómo somos capaces de juzgar a alguien sin siquiera estar en sus zapatos. Qué fácil es decir: “Hubieras hecho las cosas de tal manera” o “hubieras respondido tal o cual cosa” cuando no eres tú el que estaba en la situación para decidirlo.

Los juicios que emitimos diariamente son bestiales.  Nos creemos con la batuta en la mano para calificar a una persona como a nosotros nos parece dentro de nuestro recortado rango visual y perceptivo.

He escuchado a chicas llamar “puta” a una mujer que pasa por la calle vistiendo provocativa. No la conocen, no saben ni cómo se llama, no tienen idea si a lo mejor esa chica no le gusta vestirse así, pero es edecán o modelo o lo que sea, y sin el menor miramiento la crucifican.

No pasa un día sin que me alarme de la capacidad astronómica que tenemos de juzgar al de al lado. Somos tan tontos e ignorantes que pensamos que poseemos la verdad absoluta sobre alguien y con ello nos adjudicamos el derecho de opinar ante la situación de una persona a quien no le conocemos el ritmo de su corazón.

Y se juntan los buitres a hablar sobre las tonterías que cometió zutana en su vida, sobre ese maravilloso marido que dejó ir y el pobre muerto de hambre con el que ahora está. Se afilan las uñas, las hienas descuartizando a alguien que ni siquiera le saben el olor de la piel. No miran su propia vida por estar ocupados mirando la de los demás.

Así, a puro ojo de buen cubero y creyéndose con el divino poder de acabar con alguien, dan su opinión sin importar si sus juicios son tan estúpidos como su iniciativa de formarlos.

¿A qué hora nos dieron el permiso o el derecho de decidir si Juana o Chana están en el momento de su vida para tal o cual cosa? ¿Qué sabemos nosotros del momento de la vida de alguien si con trabajos sabemos en qué momento de nuestra propia vida estamos?

Y qué si a Perenceja le dio por pintarse el pelo de rosado a sus 50 años, ¡a quién le importa! ¿Qué puede afectarles si San Juan de las manzanas decidió tatuarse todo el cuerpo y abrirse un tercer hueco en  la nariz? ¿Qué importa? ¿En qué te afecta? ¿Es tu nariz? ¿Es tu cuerpo? ¿Entonces cómo es que nos atrevemos a señalar a alguien solamente por los personales gustos?

Yo tengo tres tatuajes. Todos tienen historia, todos son especiales por circunstancias que sólo pocas personas conocen. ¿Quiero más? No lo sé, a veces sí, a veces no, será mi decisión, de nadie más. ¿Saben cuántas veces me han juzgado por mis grandes alas que llevo en la espalda? Sí, muchas ¿saben cuánto me importa? También acertaron.

Y así, yo tengo tatuajes, pero Chuchita tiene aretes hasta en donde no está escrito, ¿quién se los hizo? ¿Ella o nosotros? ¿Quién se endilga el derecho de decir si eso es bonito o es feo? ¿Es feo? ¡Claro! Es feo para ti, pero para Chuchita es bonito y tratándose de su vida no debería preocuparte su montón de aretes, sino tu montón de juicios.

Así caminamos por esta vida. Atreviéndonos a juzgar con la ignorancia como estandarte de nuestra más humana osadía.

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