La boda que no debió ser

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Anna Bolena Meléndez 31/03/2014 00:00
La boda que  no debió ser

“Tengo 27 años, ella 22. Nos conocimos y hubo amor a primera vista. Dos meses después ya éramos novios. A los dos años de relación le pedí que se casara conmigo.

“Al pasar cuatro meses de habernos comprometido, hubo una pelea tan fuerte que ella gritó en plena calle y yo tan solo me retiré para no llegar a más. Pasaron los meses y siempre se presentaba algo, si había cumpleaños con mi familia, había pleito antes de llegar; si no me alcanzaba el dinero para una salida o evento, también; en fin, todo lo atribuía a los nervios del evento.

“Llegó la boda por lo civil y al siguiente día hubo un pequeño festejo y mi familia empezó a bromear con ella, tratándola de hacerla sentir parte de la familia. Desde ahí se manifestó todo. Al lunes siguiente, la sorpresa: suspende la boda religiosa por no aguantar a mi familia y, por ende, a mí. Acto seguido: estoy en terapia tratando de descifrar cómo manejarlo, pero me buscó y  decidimos darnos la oportunidad de seguir adelante y programar una nueva fecha.

“Después de varios meses nos casamos por la Iglesia, no hubo fiesta pero sí un viaje bastante agradable. No obstante, tan sólo pasaron dos meses de la boda y empezaron los problemas: ha iniciado con exigencias que generan gastos extras, sin embargo, por más que se lo digo, no entiende que eso implicaría recortar aún más nuestro presupuesto. Por eso ha empezado a compararme con otros hombres: con el que tiene un negocio, con quien tiene un empleo tal o cual, con quien es más atento… a tal grado ha sido su serie de arranques que se ha ido de casa, la he buscado y hace ver como si me estuviera haciendo el favor de volver: ‘te voy a dar una oportunidad’.

“Estoy cansado, tan cansado que cada vez pierdo más los estribos, he llegado a gritar de una manera que desconocía y me siento humillado. Ayuda, por favor.”

Mi querido Cirilo, soy una fiel creyente de que el verdadero amor no genera esta sensación que mencionas al final: humillación. Una persona es capaz de sacar lo mejor de nosotros, pero también hay quienes son capaces de sacar lo peor, ese monstruo que habita en las cavernas de nuestra conciencia y que cuando aparece nos sorprende a nosotros mismos.

Mi consejo no es fácil pero es auténtico: haz todo lo que esté en tus manos para mejorar las cosas, para sentirte feliz, para sentirte amado y valorado, pero cuando ya no haya nada más qué hacer, vete. Es muy triste hablar de divorcio, porque es inevitablemente percibido, sobre todo por uno mismo, como un gran fracaso, pero es peor fracaso tener el privilegio de vivir esta vida y malgastarla con quien no nos valora y nos hace sufrir a punta de caprichos egoístas.

Si te soy honesta, las campanas que comenzaron a sonarte antes de la boda debieron ser suficientes para que pensaras doblemente ese matrimonio. Estabas muy joven y eso pasa cuando uno toma decisiones siendo tan joven que la experiencia no le permite ver más allá de un sentimiento.

Si decides terminar esta relación y seguir tu vida sin ella, te darás cuenta en el camino que todo lo que en esto aprendiste habrá sido una gran lección que, irremediablemente, te conducirá a un amor lindo.

Pero todo en esta vida tiene remedio, estimado Cirilo, es tú decisión cuánto más tiempo aguantas y cuánto más tiempo le das como plazo para seguir en esto.

Solo te voy a decir una cosa que mi padre siempre me dice y que es mi lema de vida y me ha ayudado a salir avante cuando más difíciles veo las cosas: “Tú única obligación en la vida es ser feliz, si no eres feliz con ella, entonces sepárate, retoma tu vida y comienza nuevamente”, ¡no pasa nada! Si crees que puedes serlo con ella, no por necedad sino por voluntad, entonces hazlo, convierte este negro panorama en felicidad, pero no te niegues la posibilidad de un buen amor, con una mujer que te ame por quien eres, que te sepa escuchar y que no te haga el favor de darte su “amor”.

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