San Valentín atrasado

Aunque esos días especiales son bonitos, son más bonitos los detalles espontáneos.

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Anna Bolena Meléndez 18/02/2014 00:00
San Valentín atrasado

Si no escribí el viernes pasado sobre San Valentín fue por dos motivos: el primero, porque un día antes me pegaron un susto tan fuerte que no me sentía muy san valentinesca que digamos con la adrenalina aún corriéndome por las venas; pero el segundo y muy importante: porque no quise atosigarlos.

Y es que por más enamorado que uno esté, como que llega un punto en el que si ves un corazón más te quedas ciega, no por el amor, sino por el rojo shíngame–la–retina.

Ya en serio, ¿saben por qué me agobia un poco San Valentín? Porque todo el mundo se estresa: si estás en una relación, porque hay como un  peso social ante que te regalen algo o porque tú tengas un detalle. Siempre he creído que aunque esos días especiales son bonitos, son más bonitos los detalles espontáneos.

Me gusta más pensar en celebrar el amor cuando se me de la gana, que si en un de esas el 14 de febrero resultó siendo un día lleno de trabajo, cansancio o de simples ganas de pasarlo en blanco como un viernes cualquiera, cuchareando con tu pareja y viendo mala TV, ¡por qué no! A veces San Valentín termina siendo más romántico si solamente actúas normal.

Por qué a fuerza toca salir a comer a restaurantes que hasta tienen carta con precios especiales para esos días, que te atienden de la fregada porque hay una manada de enamorados esquizofrénicos llenando cada uno de los restaurantes de la ciudad, y porque intentas comprar un ramo de rosas para tu mamá o tu mejor amiga y te quieren sacar los ojos; hasta el cuádruple he llegado a pagar por 12 rosas rojas para no pasarla en blanco con quien espera algo de mí.

Y juro que no es grinchería –de grinch–, o sea, justo en el día de los enamorados me tocó ver, con estas adorables pupilas, cómo una Cirila le hacía un pancho a Cirilo, de esos de récord mundial. Uno de esos exabruptos femeninos en los que niegas de tu género y hasta oso ajeno experimentas.

Entonces, eventos como esos son los que me hacen pensar que el querido San Valentín ejerce demasiada presión sobre nosotros: víctimas de la mercadotecnia y el amor —y la presión social, ¿ya lo dije?— y por ello decidí no hablarles de ese señor hasta el día de hoy: feliz y normal martes cualquiera en el que no estaría mal tener un detalle con el ser que amas.

Y es que recibí hasta correos de Ciril@s preguntando que si mi espacio se trata de amor y relaciones, ¿por qué no había hecho nada especial en San Valentín? —¿ven? ¡presión!— y no me quedaba nada más que contestarles que no es que sea atea del amor, sino que ese día amanecí encabritada porque me dolían las articulaciones del susto del día anterior.  Díganme cómo carajos me iba a poner a escribir del amor.

¿Celebré San Valentín? ¡Sí! En familia, feliz de ver a los míos, de acabarme una botella de vino deliciosa acompañada con una paella que mi tía hace como para desmayarse de lo rica. ¿Compré flores para mi mamá? ¡No! ¡Ni de chiste! La gente se aprovecha con los precios. ¿Abracé a mi marido? ¡Sí!, pero lo hago todos los días, todo el día y hasta cuando estoy dormida.

Eso es a lo que me refiero con que no es que sea grinchería mía, sino un poco de resistencia cuando lo establecido me pone piedritas en el camino y me presiona a ser quien, de repente, en un día normal, no sería, o quién quita y sí, pero la obligación de la fecha me pone nerviosa.

¿Hace un año llené mi casa de globos de corazones? ¡Sí! Pero lo hubiera hecho ese mismo día aunque no fuera 14 de febrero. Cuando descubres que estás casada con el amor de tu vida o que estás enamorada de un hombre maravilloso, o que eres madre de un ser divino o hija de un ser de luz, las fechas para celebrar no tienen números ni meses, sólo ganas de demostrárselo a esa persona, cuando sea, a la hora que sea, de la forma que sea.

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