La culpa la tienen los espejos

Tan sólo en nuestro país hay más de 31 mil cirujanos estéticos certificados.

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Anna Bolena Meléndez 27/01/2014 00:00
La culpa la tienen los espejos

La cirugía estética representa 75% del total de los procedimientos quirúrgicos.

Tan sólo en nuestro país hay más de 31 mil cirujanos estéticos certificados que realizan anualmente más de ocho millones de procedimientos quirúrgicos y un aproximado de 17 millones de procedimientos no quirúrgicos (botox, colágeno, etcétera).

Estas cifras se multiplican con los años, lo que me lleva a pensar que los que fabrican los espejos no están haciendo su trabajo muy bien que digamos.

Tiempo atrás, conocí a una chica perfectamente bonita con un cuerpo deforme. No, no nació así. La mujer se sometió a cualquier cantidad de cirugías que le dejaron por resultado un trasero descomunalmente grande y unas kikas del tamaño de dos sandías. —¿Por qué?— me pregunto yo —¿Por qué se haría algo así? ¿Qué no se ve en el espejo?—, definitivamente esa chica nunca pudo ver en su defectuoso espejo lo que el resto del mundo veía en ella.

Algo tiene que estar mal con los espejos, porque mujeres que salen en las revistas con la piel perfecta sin media gota de celulitis y curvas privilegiadas, cuando se reflejan en sus espejos al levantarse, ellos les muestran todo lo contrario: tienen pieles con poros abiertos, celulitis en las nalgas y muchas curvas prolongadas. Entonces ¿por qué los espejos les jugarán tan chueco? ¿Por qué no las mostrarán tal cual aparecen después de pasar por ese programa llamado Photoshop en el que solamente les corrigen algunas tonterías?

Es definitivo, la culpa la tienen los espejos que nos muestran una mujer que no nos gusta y que, aunque recurramos a la cirugía y nos cambiemos por completo, nunca va a terminar de gustarnos, porque los espejos siguen haciendo mal su trabajo. Si no nos sentimos muy gordas, entonces nos sentimos muy flacas, si no es porque tenemos senos muy grandes, entonces es porque los tenemos muy pequeños o muy separados o mirando hacia diferentes direcciones. Si no tenemos el trasero plano, entonces lo tenemos muy ancho o muy gordo o muy flaco. Pero siempre, siempre, siempre, cuando nos paramos frente a un espejo, estamos viendo las cosas fuera de proporción.

A lo mejor si dejamos de ver el espejo y cerramos los ojos y vemos hacia adentro, no veamos nuestro cuerpo tan mal que necesitemos meterle cuchillo para que se sienta mejor. De pronto, si ajustamos nuestro espejo interno, no necesitemos de los mal fabricados espejos que venden en las tiendas y que nos muestran mujeres que no somos.

Si por culpa de un espejo terminamos metiendo agentes extraños dentro de nuestro cuerpo, si por culpa de un espejo nos sometemos a semejante dolor físico, si por culpa de un espejo ponemos nuestra vida en riesgo, entonces ese espejo no vale la pena. Lo mejor sería darle las gracias al espejo por prestarnos sus tergiversados servicios y sacarlo por la misma puerta por la que entró.

De hecho, un espejo no es tan necesario, podríamos vivir más tranquilas sin ese mugroso espejo recordándonos que nuestro cuerpo puede ser más lindo, con más curvas, con menos de tal cosa o con tal otra puesta un poco más arriba. Son ellos, los espejos, los que nos hacen sentir mal y nos obligan, eventualmente, a salir corriendo al primer cirujano estético que, gracias a los espejos defectuosos, se da garra señalando en rojo los defectos de los que el espejo hablaba.

No hay duda. La raíz de todos nuestros problemas de belleza la tienen los espejos. Ya vengo, voy a romper el mío.

‘ta lueguito.

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