Las primeras veces de Cirila

Hay millones de las que uno debería acordarse y hacerles un homenaje

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Anna Bolena Meléndez 07/01/2014 00:00
Las primeras veces de Cirila

Nuestra vida está llena de primeras veces: el primer paso, la primer palabra (que por lo regular no es palabra sino un balbuceo), la primera vez que dijimos mamá, el primer día del colegio, la primera visita a la sala de emergencia de donde sales con tres puntadas por traviesa, la primera vez que sales sola con tus amigas, el primer ligue, el primer beso, el primer amor, la primera vez que tienes sexo, la primera vez que te rompen el corazón (por lo regular estas dos últimas vienen de la mano).

Pareciera que después de esta romántica lista de primeras veces, sólo quedaran algunas cuantas igual de románticas: el primer matrimonio (hoy en día muchos se casan por deporte), el primer hijo, el primer divorcio, la primera amante que cachas y por lo cual te divorcias… en fin, después de todo no todas son tan románticas.

Y sí, no todas las primeras veces son románticas; qué me dicen de la primera vez que te enfermas del estómago justo esa noche que te vas a pasarla a la casa de tu reciente novio, ¡lo sabía! A todos nos ha pasado. Ese eterno encierro en el baño, que si existiera el genio de los tres deseos te los gastarías justo en ese momento: 1. Que tu novio se vuelva sordo por las siguientes dos horas. 2. Que hubiera un pasadizo secreto desde ese baño hasta tu baño. 3. Que un meteorito choque contra la tierra.

Hay otra primera vez que dista de ser romántica y, de hecho, se sale de todos los estándares de feminidad posible y es cuando en medio de una borrachera despechada astronómica se te ocurre hacer una locura “en nombre del amor” como ir a tocarle la puerta a tu ex (por quien estás despechada) para decirle cuánto lo extrañas. Esta primera vez debería de ser la primera y la única que suceda en la vida de uno, pues tras ese despliegue de terror, el escarmiento debería ser eterno.

La primera vez que te equivocas de nombre y llamas a tu nuevo novio como se llama el ex; esa es una desafortunada primera vez, en donde aprendes que a los novios es mejor llamarlos con un mismo sobrenombre, no importa si es “osito”, “puchinguito” o simplemente “mi amor”, pero igual, siempre igual.

La primera vez que te encuentras una cana, sin importar la edad que tengas en automático sientes que tu juventud se esfumó, por lo que en el siguiente cumpleaños aparece la primera vez que mientes sobre tu edad y te instalas en un número del que no sales en mucho tiempo.

Esa bendita primera y última vez que aceptas ir a una cita, con aquel chico que te trae de cabeza, a comer sushi y descubres que la comida japonesa no es una buena idea para conquistar a un Cirilo, pues pareces una ballena con la boca llena de arroz y sin medio espacio ni para respirar.

La primera vez que se te ocurre pasar la noche de antro en Acapulco tomando cocteles con nombres como sex on the beach, blue moon o Happy hippo, porque los incluye la barra libre y al otro día vomitas hasta el pastel de tu bautizo con una cruda que juras que es la primera y última de ese calibre (no todos lo cumplen).

La melodiosa primera vez que después de una cita te das cuenta que, desde quién sabe qué hora traías un perejil instalado en tu diente. La primera vez que tapas el baño en una fiesta y te toca delatarte que quién sabe qué diablos hiciste ahí adentro. La primera vez que te da córrele–que —te—alcanzo y… te alcanzó.

Así, hay como millones de primeras veces en nuestra vida de las que uno debería de acordarse y hacerle su debido homenaje. Situaciones que pensamos que nunca vamos a superar y a la larga nadie se ha muerto por un perejil en el diente, menos por haber tenido que salir del supermercado caminando como charrito porque “te alcanzó”.

Lo divertido de la vida es saberse reír de ella y tomarse aquellas situaciones planeadas por el señor Murphy como buenos anécdotas qué recordar y de los cuales reírnos.

Dicen que hay situaciones que solamente causan gracias hasta que las ves en perspectiva. ¡Feliz martes!

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