El comportamiento secreto de Cirila

Una mutación a Fiona de Shrek, en la que disfrutamos de nuestra feminidad.

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Anna Bolena Meléndez 06/12/2013 00:00
El comportamiento secreto de Cirila

Hace dos días, mi Mr. JC se fue de viaje de trabajo. Debo decir que cada que me anuncia que sale de viaje, siento un pequeño hueco en la barriga, mitad heredado por mi sangre que es más dramática que TNT y me obliga, genéticamente, a pensar que probablemente alguna tragedia puede pasar, como que lo atropelle un camión de sopa, como a Mafalda.

Pero luego, cuando por fin avisa que llegó con bien, me descubro cometiendo todas las infracciones que jamás cometería frente a él y que hacen que sus viajes sean como esos pequeños lapsus en los que me convierto en una Cirila viscosa y cero apetitosa que disfruta profundamente de su feminidad.

Hay un comportamiento secreto, muy reservado, del que ningún Cirilo, jamás, debería saber. Ese comportamiento que solamente tenemos cuando estamos solas, cual solteras empedernidas en domingo, guardadas en casa.

La belleza del chongo mal amarrado es parte de este comportamiento que se acompaña de unos pants que, probablemente, Cirilo no conozca y una camiseta que es mejor que jamás vea. Estos momentos secretos están llenos de mascarillas viscosas, depiladores punzantes, limas de todos los calibres, cremas de todos los espesores, algodones de un sinfín de formas y olores desde el más rico hasta el menos agradable —pero saludable—.

Ese es nuestro comportamiento secreto: una rápida mutación a Fiona de Shrek, en la que disfrutamos de nuestra feminidad y es justo el momento en que menos guapas nos vemos, pero que más gozamos con nuestra propia intimidad.

Uno no abre la puerta para que la gente se meta a conocer tu intimidad con tu pareja, ¿por qué permitirle a alguien que conozca tu más profunda intimidad personal? Y no es que tu pareja sea “alguien” cualquiera, sino que esa intimidad personal no tiene cabida para nadie, solamente para ti.

Por eso, aunque confieso con todos mis dientes que soy un desastre cuando mi marido se va de viaje, también confieso que la conexión que logro conmigo misma es algo que valoro inmensamente.

Recuerdo cuando era soltera y tomaba por garantía esos momentos de soledad íntima. A lo mejor es que cuando vives sola, la intimidad se convierte en una rutina y es cuando vives con tu pareja que nuevamente comienzas a saborear esos pequeños espacios que tienes para disfrutar contigo en soledad.

Cuando Cirilo no está, fácilmente te podrías alimentar de cantidades industriales de ensalada, pasarías el día observando tu rostro para solucionar, bien sea con pinzas o con menjurjes, sus imperfecciones. Eres capaz de soportar un pegote absurdo en la cabeza con tal de que tu pelo brille al otro día, te colocas cuanto producto de belleza has comprado y tienes escondido en tus cajones del baño. Utilizas ese gorro espantoso que hasta pena te da confesarle a tus amigas que adquiriste. Te ves más fea que en una foto en contrapicada.

Hablas horas ininterrumpidas, por teléfono, sobre chismes sin sentido con tu buena amiga, mientras el esmalte de las uñas de los pies se seca y la mascarilla se va poniendo tan rígida que cuando menos te das cuenta ya no puedes ni gesticular y pareces con más botox que la víctima del viboreo en turno.

Estiras, mas no tiendes, la cama y te pones esa piyama de ositos rosa que es tan cómoda y tan poco sexy que tenías olvidada entre tu caja de recuerdos de la soltería. Pides comida china, ves un millón de capítulos de tu serie favorita mientras lloras desmedidamente y te suenas con un montón de papelitos replegados a tu alrededor.

Ese es el comportamiento más auténtico y femenino que una Cirila puede tener.

Pero ¡shhhht! Es nuestra intimidad.

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